Llevo un año en clases de Zumba, diez libras rebajadas y cinco recobradas. Si tuviera que definirme físicamente con una palabra, utilizaría “aterraje”. Ni muy gorda, ni muy flaca, ni muy alta, ni muy bajita, ni muy rubia, ni muy morena. Mi pelo, ni muy corto, ni muy largo, así como mis uñas y mi lengua. No suelo ser chismosa, solo que, algunas veces, las mujeres del gimnasio necesitan información extra que yo puedo proporcionarles, sobre alguno de nuestros conocidos, así como también ellas comparten conmigo los datos que manejan de cualquiera que pueda interesarme.

La semana pasada, me crucé con Celeste en la tiendecita del Gym. Ambas comprábamos ropa de hacer ejercicios y al vernos nos alegramos bastantes de comprobar que asistíamos al mismo gimnasio, aunque en horarios diferentes. Tenía más de diez años que no sabía de ella, quién me comentó en ese momento que llevaba poco más de un año en Miami. Me contó que tenía un hijo de siete años y que actualmente estaba divorciada. La invité a la cafetería, donde le presenté a tres de mis amigas, quienes acababan de salir de una clase de pesas. Yo pedía agua, una de ellas pidió un jugo de manzanas naturales y las demás bebieron té frío. Pati me comentó que tenía una cita pendiente con uno de sus compañeros de trabajo y Ángela, con voz muy seria le aconsejó:

–Ten cuidado con esas salidas, es muy incómodo seguir trabajando con alguien a diario, después de que en el plano personal no funciona aantron como pareja. Tuve una experiencia muy mala recientemente.

Pati le comentó que lo había pensado bastante antes de aceptar, pero que él había insistido lo suficiente como para que le diera la oportunidad