Gracias a Ivette por la conversación sobre mi nuevo libro para Palabra de autor. Aquí la reproduzco:

Por Ivette Marrero

De cara a la publicación del libro “El que no baila no come bizcocho” de Glenda Galán, converso con ella sobre algunos aspectos de la obra y del proceso de su  creación.

  1. ¿Cuál fue la idea o emoción que dio origen a este libro de poesía?
    Este es, diría, un libro de transición. Es la primera vez que me sucede que, mientras escribo un libro, surge otro en medio del proceso.

He estado muy enfocada en lo que he denominado “poesía en movimiento”, algo que nace de mi escritura durante constantes viajes y mudanzas, pero también de los cambios que esos lugares geográficos y el paso del tiempo han producido en mí como persona.

Al transformar un cuerpo de trabajo que constaba de más de doscientos poemas escritos a lo largo de varios años, tuve que depurar aquellos que no se alineaban con el libro que originalmente estaba escribiendo, y que probablemente se publique el próximo año.

Al notar la cantidad de poemas vinculados al recuerdo, la niñez y la celebración del presente, entendí que, en secuencia, tenían un sentido editorial propio.

Creo que este es un libro que le debía a las niñas que fuimos: mi abuela, mi madre y yo. En muchos de estos poemas son ellas quienes habitan cada verso. Por eso siento que el libro se me presentó, y yo simplemente lo armé.

2. ¿Qué temas centrales atraviesan los poemas y por qué decidiste explorarlos ahora?
El libro es una oda a sobreponerse y celebrar la vida, incluso en sus momentos más incómodos.

Recordé mucho los cumpleaños infantiles en el Santo Domingo de los años 70 y 80, cuando se nos animaba a bailar con la frase: “El que no baila no come bizcocho”, para ayudarnos a superar la vergüenza de tomar de la mano a nuestra pareja de baile.

Pienso que esa memoria le aporta al libro una frescura y un impulso vital: la idea de que atreverse a vivir puede traernos dulzura.

3. En términos de técnica, ¿cómo trabajaste el ritmo y la estructura en esta obra?
Creo que cada poeta tiene un ritmo propio. El mío está marcado por el mar y la prisa; lo siento con claridad.

El libro inicia con un ciclón, y eso define el tono de lo que sigue: trabajé desde lo que “queda” después de la devastación. Intenté transmitirlo a través de poemas muy depurados, muy “podados”, como suelo decir cuando hablo del proceso de edición.

Ojalá lo haya logrado.

4. ¿Tu proceso de escritura parte más de la intuición o de una construcción consciente del poema?
Mi proceso comienza acunando ese poema que la inspiración me regala. Lo guardo en el instante en que aparece, como a un niño necesitado de cuidado.

Luego lo observo y empiezo a darle lo que necesita, ya no desde la emoción inicial que me llevó a reconocerlo, sino desde una mirada más consciente. En ese punto, el poema se vuelve más importante que yo y que mis sentimientos: el lenguaje y la forma prevalecen.

Cada poema es una escultura en mis manos. La inspiración es el bloque de mármol; el trabajo posterior es lo que le da forma.

5. ¿Qué te gustaría que el lector experimente o se lleve después de leer este libro?
Me gustaría que el lector experimente lo mismo que yo deseé al escribirlo.

Mi mayor alegría sería que algo en el libro lo haga bailar y lo invite a vivir la dulzura de estar vivos.

  1. ¿Algún poema que quieras compartir del libro?

Cuando apenas lo intuíamos

La vida creció, creció, creció
hasta que tuvimos que empinarnos
para alcanzarla.

Como pasta en agua hirviendo,
la certeza de lo que éramos
se ablandó
y un deseo inmenso
de tocar fondo nos abrazó.

Sin árbol ni manzana,
devoramos los instantes
de las cosas que valieron la pena,
cuando apenas lo intuíamos.

La vida cerró el corazón,
dejando la llave
a orillas de un camino
desdibujado por la lluvia.

Quedamos varados
en el margen de un vivir
que sobrevivió
a estar vivos.

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