A estas alturas de mi vida, de alguna manera, yo he sido todas las mujeres. El año pasado, para esta fecha, dos de noviembre, fui invitada, junto a otras poetas, a presentar la antología Nosotras,(Sutanas y menganas), no imaginé jamás que ese día yo sería la fotocopia no autorizada de la portada de ese libro, en el que nosotras, las de entonces, habíamos confluido.

Por esos días yo terminaba mi primera novela, aún no publicada, una suerte de relato familiar no autobiográfico… ?o sí? un proceso que me tomó más de un año, en el que, a parte de encerrarme entre las cuatro paredes de mi apartamento, fundí como madre soltera de una adolescente que cursaba su último año de secundaria, mientras mi esposo, por cuestiones de trabajo iba y venía de Santo Domingo todos los meses, pasando la mayor parte del mes en la isla desde donde habíamos venido a Estados Unidos, catorce años atrás.

A finales de octubre, mi esposo llegó enfermo a casa para celebrar nuestro aniversario número veinte y tres. Un problema de la vesícula, mal diagnosticado, lo devolvió a Miami, donde se le descubrió una gastritis que cedió sin necesidad de bisturí.

No estábamos felices pasando tanto tiempo lejos, aunque los reencuentros eran siempre un vasito de agua fresca que nos permitió atravesar por esos meses