Santo Domingo es una ciudad que te abraza fuerte, tanto que el latido de sus motoconchos, del blower en los salones de belleza y la bachata de la esquina penetran en ti irremediablemente. A una semana de convivir con esta ciudad la reconozco distinta, más tímida –a pesar de que grita a todas horas–, más inquieta, más coloreada de gris cemento, elevado y túnel. Yo misma me reconozco cambiada dentro de ella como si los doce años que han pasado hicieron en mí tantos estragos como el primer mandato del innombrable ciego que asesinó a tío Mario.
Como novio que abandona y no presta la batea, el Malecón y Las Américas me seducen al punto de olvidar, en un solo trayecto, todo lo que he perdido o ganado con la maleta siempre latente, ola que choca en mi cabeza cada vez que pienso que la isla es la niñez que nunca lograré empacar.