
Hay una edad en la que uno deja de contar años, aunque los cuente. Es esa edad en la que, como por arte de magia, las cosas que parecían importantes en años anteriores, dejan de tener relevancia, de cara a la perspectiva de que se ha vivido, posiblemente, más de lo que nos queda por vivir.
A mí me tocó enfrentar una pandemia que nos encarceló por meses en nuestras casas, dando gracias al altísimo por tener un techo donde pasar el miedo a contagio.
Resultado: me contagié del virus tan temido que nos obligó a dejar de darnos besos y abrazos con los amigos.
Por más empeño que pude en cuidar de mi salud usando alcohol en las manos, cada cinco segundos; desinfectantes de todo tipo y mascarillas, la enfermedad tocó a mi puerta (literalmente). Lo que en los primeros días de contagio fue solo una sinusitis sin importancia, se convirtió, varios meses después, en una secuela estomacal seria.
Así empezó un largo rosario de pruebas médicas, diagnósticos herrados, meses sin comer gluten, un terror tremendo cada vez que esperaba nuevos resultados y, sobre todo, un malestar 24/7 terrible.
En ese contexto llegaron mis esperados primeros cincuenta años de edad, una fecha que por años imaginé llena de colores, música y un delicioso pastel con mucho suspiro. Nada de eso sucedió, en ese momento de mi vida, yo luchaba por sobrevivir, lejos de la ciudad donde había echado raíces, cuando emigré y con pocos conocidos a mi alrededor.
En esos días comer era una batalla, por lo que mi peso disminuyó unas treinta libras, dando como resultado una anemia antigua que se había empeorado.
Cada minuto que pasaba surgía un malestar nuevo o una complicación alérgica o de otro tipo, en fin, yo estaba pasando lo que muchas personas en el mundo estaban pasando, tras haberse contagiado de un virus del que no se tenia mucha información.
Así llegó el día de mi cumpleaños, casi sin poder paréame de la cama.













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