En abril se conmemora una gesta histórica en la República Dominicana que casi le cuesta la vida a mi hermana. Cada abril mi madre nos contaba la misma historia de la revolución del 65 (que para muchos no lo fue), que condujo una bala perdida a la cuna de mi hermana mientras dormía. Contaba con lujos de detalle las maneras creativas utilizadas por ella para evitar que otro ángel de la muerte acertara en su afán de cegar vidas.
Año tras año el mismo cuento de las armas inundaba el ambiente hogareño con un romanticismo exacerbado para mi gusto, pero entendible, desde el punto de vista de quién ha vivido una gesta histórica que vio a muchos caer y a otros elevarse heroicamente.
El bando de los buenos Vs. el bando de los malos, constitucionalistas contra conservadores de sus propios intereses, en fin, que acto seguido a la guerra civil, fuimos invadidos por los Estados Unidos y se re-armó el reperpero.
Años después nací yo y muchos años más tarde “invadí” Estados Unidos con mi español y mi mangú, sino pregúntele a mi vecina norteamericana a quien tuve que darle la receta. En este país desde donde escribo me acerqué a la poesía, esa sí fue una revolución en mi vida. La poesía empezó a ser abriles y cada abril significó poesía desde entonces.
Este año, luego de un largo año sin asistir a ningún evento literario fui invitada a participar en una lectura con otros poetas en Sebastian, Florida. Al principio dudé en aceptar, pero una cierta nostalgia trajo consigo el olor
, de los rifles, del honor, del bando de los buenos y del bando de los malos dominicanos.













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