A Madrid fui a enterrarte,
eso lo supe cuado el taxista
me mostró aquel antiguo cenenterio
donde ya no entierran a nadie.
Volé ocho horas con un cadaver a cuestas
a pesar de que en Miami
hay tan buenos cementerios
Como ya pocas cosas tienen sentido,
dejé de buscar respuestas a esa pregunta
que aún vaga como alma en pena
dentro de mi cabeza.
Entonces me dediqué a pasear por la Gran Vía
a comer paellas en el Mercado de San Miguel
y a ver a los vendedores ambulantes de la plaza mayor
tratando de vender juguetes voladores
a los niños que pasaban frente a ellos.
A Madrid se viene por primera vez
de una manera distinta
a la que empacas en las maletas de vuelta,
luego de descubrir en sus calles parte de las tuyas.
A Madrid no te le escapas del vino
ni de las tardes de tapas,
de los huevos rotos o las chistorras.
Del taxista entonando música flamenca
del Guernica
ni de las pinturas negras de Goya.
Entre ellas yacía aquel perro solitario
mirando hacia arriba
ante él, intuí que debía desprenderme
de tu cuerpo sin vida.
A buen resguardo quedas amado mío
Descansa en paz.
Goya, “el perro” (1823).













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