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A propósito de la presentación de René Rodríguez Soriano en la Feria Internacional del Libro de Miami este próximo domingo 24 de noviembre, publicamos esta reseña del poeta y profesor cubano Manuel García Verdecia sobre el libro Solo de Flauta.

 

Manuel García Verdecia

Solo de flauta el libro de René Rodríguez Soriano que ha concitado la atención de lectores y crítica especializada más allá de las fronteras dominicanas. Desde su lanzamiento en marzo de este año, el autor ha participado en más de la treintena de lecturas y presentaciones en Estados Unidos, República Dominicana y Colombia. 

Solo de flauta es un conjunto de narraciones breves que exceden el marco del minicuento, tanto por su variedad de forma como por las implicaciones que ellos desatan. Por lo general tienen la estructura de la estampa, por la preeminencia de lo descriptivo y el pronto despliegue de la situación, aunque a veces rozan el epigrama y hasta el poema en prosa. No hay volteretas estructurales ni alharacas formales, sino concisión en el armazón de la sustancia narrada y sutileza en las posibles significaciones. A tono con tendencias de la narrativa contemporánea (y muy pertinente con su origen caribeño) explora lo mestizo expresivo cruzando lo sugerente de la ficción y lo connotativo de la reticencia con la fuerza de imágenes vertidas de la realidad así como un lenguaje que apunta a la elaboración poética. Sabe que la brevedad debe asentarse en pocos signos de alta tensión y el decir principalmente por lo que no dice. La imaginación, su forma de contar de soslayo y la movilidad del punto de vista son sus mejores armas. Sabe que la síntesis, lo sugerente más que lo explicito, nos empuja a soñar la continuidad al cuento. 

El libro, dividido en siete secciones, se propone no solo contar historias de concentrada densidad significativa, sino que, más allá de las propias situaciones conflictivas, intenta relatarnos vivencias del ser, sensaciones, ideas, impresiones. Son múltiples miradas que en su yuxtaposición ofrecen un sustancioso mosaico de la vida que somos todos, que nos incluye y expone. Indiscutiblemente que Rodríguez Soriano gusta de lo fragmentario, de esa composición a partir de trozos desprendidos de un contexto mayor, de una perspectiva en mosaico que no deja de ser armónica y genérica. Ello es perceptible no solo en este libro sino en obras anteriores, como su novela El mal del tiempo, formada por una multitud de cuadros que propician los datos para armar la historia, o un libro semejante al que analizamos, Betún melancolía. La brevedad, la concisión, la contigüidad de situaciones, la variedad de sujetos y escenarios, parecen ayudarlo a entender el complejo entramado que es la existencia. Extrapolando la frase bíblica podríamos decir, “Por sus trozos los conoceréis”. De tal modo, el libro conforma un amplio catálogo de apreciaciones y experiencias vitales que nos enfrentan al hombre contemporáneo en sus vicisitudes, dilemas y sueños. Por su lectura pasamos revista a una amplia gama de tipos y conductas humanos, en un ámbito donde fantasía y realidad son solo palabras que nada separan, sino que constituyen dos planos distintos de acceder a la más amplia verdad. El autor nos lleva a repensar una serie de temas vitales de nuestra realización diaria. Así la educación de los niños, el concepto de honor y su defensa, las costumbres y su papel en la actuación individual y colectiva de los sujetos, la fuerza de las creencias, la añoranza de lo perdido, la multitud de seres que conforman nuestro ser, la turbamulta de los sueños y la infatigable búsqueda de su satisfacción, la necesidad de contar como una forma de ser en los otros para mantener un destino y, sobre todo, las venturas y desventuras impostergables del amor.

La confabulación entre lo natural y lo sobrenatural es un recurso con el cual se siente a gusto, tal vez por esa noción de lo real maravilloso que es nuestro contexto vital. Se evidencia, por ejemplo, en la inexplicable e irreprimible actuación de Juanito en “Salirse de madre”. El muchacho no entra en razones ni con amonestaciones, reprimendas ni castigos. Aparece un día todo herido y descompuesto, lo cual indicaba al parecer que le había salido lo malo. Le preparan conjuros y resguardos que a la larga parecen apaciguar al inquieto joven. Pero se cuentan cosas y, cada vez que regresa de una de sus aventuras, no puede evadir el rezago de olor a azufre. La historia se desdobla en dos niveles, uno en el cual están los hechos verificables de la cotidianidad de una existencia que busca realizarse según su voluntad y otro que rezuma las implicaciones de un orden extra-natural que justifica la desaforada conducta. El narrador no juzga ni empuja hacia un juicio moral, solo nos enfrenta a los hechos de ambos planos. Hemos de saber nosotros cuáles implicaciones extraer según nuestros modos de pensar. De tal forma discurren muchas de las historias.

No obstante advertimos una presión que hace el autor para asomarnos a ciertas actuaciones de lo que llamamos nuestra aplicación civilizadora, para que advirtamos denuedos y estupideces que infligimos a nuestros semejantes, deformando sus potencialidades y convirtiéndolos en bestias del rebaño. Lo hemos advertido en “Salirse de madre” donde la espontánea curiosidad y voluntad de realizarse de un joven se analiza como estado endiablado. Es lo que nos muestra un cuento como “Miedo pánico”, donde la gente sale a cazar a unas criaturas silvestres y de conducta imprevisible, los infantes, para luego enjaularlos y mostrarlos en sus fiestas. También se observa en “Bárbaras costumbres”, donde la protagonista acude a una fiesta ritual en que los padres llevan a sus hijos a ser ungidos (el bautizo) con el que tratan de nivelar las inquietudes y deferencias conductuales de los seres para masificarlos en un formato de buena conducta.

 A través de estas narraciones hallamos numerosos tipos, gestos, expresiones del común acervo del Caribe. Está la hombría que defiende el honor (“Untarse los pies de ajo”), la presencia de la sobrenatural (“Salirse de madre”), el amor desaforado que nos hace salirnos de nuestros cauces (“Mirada de agua”), la persona imperfecta pero rescatable por su concepto de la amistad (“Pelambre de la espuma”), la determinación a lograr lo que uno desea a contrapelo de cualquier oposición (“Termina en pez”), el irrespeto por los políticos negligentes o corruptos (“Gato encerrado”), la preocupación por la dignidad de nuestras familias (“Bárbaras costumbres”). No es que el autor e regodee en el color local. Simplemente se apoya en los contextos (tal y como los entendiera Alejo Carpentier) que explican nuestra gente, sus modos y pensares, eso que conforma la columna vertebral de una identidad que es la tradición o la estructura psicosocial.

Una gran parte del libro se dedica al amor. Nos ofrece numerosas historias donde dos seres, desde distintas maneras y posibilidades, tratan de realizarse en la entrega, en muchos casos rozando el poema en prosa. Véase, por ejemplo, “Casete para colección”, “Pez en el aire”, “Parada siete”, “Opus 10/03/05” o “Canto rodado”. En otros se acerca al epigrama (en realidad acude frecuentemente a lo epigramático). Téngase de ejemplo textos como “Graffiti” o “Negación del pavo”. A veces, nos parece estar ante una suerte de diario donde los recuerdos de sensaciones, gestos, emociones, son más importantes que los actos que conformarían una historia. Esto se observa en aquellos textos que se refieren a presencias entrañables que dieron perfil y sustancia al sujeto que rememora. Son casos como “Historia en sepia”, “Claroscuro y tinta china”, “Ay, este azul…” o “Blowing in the Wind”. La penúltima sección del libro, “Libro de cabecera” es casi íntegramente dedicada a breves dramas de amor. Por su parte, la última, “Fotos de familia”, es la atenida al recuerdo. Hurga en la memoria para vislumbrar una serie de fotos que se reviven por la palabra, estableciendo un contrapunto entonces-ahora para saldar lo significativo que queda.

Libro de memorias, afectos, experiencias vividas, sitios y personas que gravitan en el alma, Solo de flauta, en su fragmentada constitución de visiones, viene a ser un caleidoscopio. Instrumento por donde podemos visualizar la múltiple constitución de eso que somos, criaturas que se afanan, desean, esperan y pasan, dejando solo ese fulgor que puede constituirse en fábula.

 

Manuel García Verdecia (Holguín, Cuba, 1953), es profesor, poeta, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Entre sus últimas publicaciones destacan Hombre de la honda y de la piedra (2008); Camino a Mandalay (2008); La pasión según Gregorio Samsa (2011); Luz sobre la piedra (2011) y El día de La Cruz (2012). Ha obtenido destacados lauros como el Premio José Soler 2007 de novela, el Premio Julián del Casal 2007 de poesía, el XIII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, en 2008, el premio internacional La poesía lleva alas de la Editorial Voces de Hoy, de Miami, EE.UU. en 2011, así como la primera mención en poesía del Premio Internacional Casa de las Américas 2010.