Por G. Galán

Por Glenda Galán
Amanece frío en Madrid en este día en que presentaré mi libro de entrevistas en la Feria. La idea de bañarme tan temprano no me atrae, así que bajo en pijamas al comedor del hotel. Aquí, la dieta toma vacaciones y mi paladar lo agradece con un festín que va mucho más allá de las frutas.
El hotel es pequeño y acogedor. Los rostros de quienes me cruzo a esta hora están relajados, concentrados en sus platos rebosantes. Aunque no me saludan, agradezco la calidez del ambiente.
Después de desayunar, regreso a mi habitación. El agua caliente me mima, mientras repaso en mi mente cada parte de mi presentación. Me visto con calma y coloco en mis orejas unos aretes tipo atrapasueños, que siempre me inspiran.
En el lobby, espero el Uber que me llevará a la entrada de El Retiro. Esta vez, camino el trayecto hacia el pabellón dominicano rodeada de casetas cerradas. Las actividades comenzarán a las once de la mañana y se extenderán hasta la sagrada siesta, alrededor de las dos. Una pareja camina abrazada delante de mí; pronto doblan y desaparecen entre el follaje. Surge un deseo inconfeso: perderme entre tanta belleza con alguien a mi lado.
Entrego el USB de mi presentación a Víctor, quien se mueve de un lado a otro asegurándose de que todo esté listo. Me siento en primera fila, lista para disfrutar de la charla anterior, presentada por José M., otro de los escritores incluidos en mi libro. Él presenta su obra, La isla desunida, con la participación de Plinio, a quien también vi esta mañana en el desayuno del hotel.
Recuerdo cuando entrevisté a José; su amabilidad me cautivó. Lo mismo me sucede con su esposa, Soraya, un nombre poco común en nuestro país pero que resuena cada vez más a mi alrededor. Justo entonces, llegan Miguel y Soraya, su esposa. Plinio expone con detalle el libro de poesía de José, quien luego lee varios poemas. Madrid me ha alimentado física y espiritualmente.
Media hora más tarde, llega el momento tan esperado: Tinta de Verano aparece en el stand, sostenido en mis manos con emoción contenida. Hasta ahora, este viaje literario ha sido maravilloso y aún me aguardan más momentos hermosos.
A la presentación asisten muchos escritores dominicanos a quienes no había tenido el placer de conocer en persona. José se queda para escucharme y agradezco su presencia.
Saber que mis preguntas le aliviaron el alma me conmovió profundamente. Solo por escuchar eso, ya valió la pena esta travesía.
Tras firmar libros entre risas y conversaciones, mis amigos Miguel y Soraya me invitan a celebrar el éxito de Tinta de Verano. Sin pensarlo dos veces, me uno a ellos, con la condición de que primero pasemos por el Mercado San Miguel. Acceden, y dejamos atrás la multitud de la feria, que reabrirá a las seis.
En el mercado nos recibe un bullicio vibrante de tapas y copas. Pido un tinto de verano, pero no aparece por ningún lado.
El olor a mariscos y a azafrán inunda cada pasillo de este colorido lugar.
—¿Te puedo ofrecer una sangría? —preguntan en la cafetería.
—Ni modo.
Brindo con Miguel y Soraya por la amistad y la literatura.
Lo que más llama nuestra atención son unas ostras francesas que, según el dependiente, fueron recolectadas por él mismo y por su equipo.
Nos recomienda una de sabor suave, otra de sabor medianamente fuerte y otra más intensa. Elegimos la más fuerte, con un espumante que Miguel consigue en un abrir y cerrar de ojos. Brindamos de nuevo, ahora con risas burbujeantes. Me alejo en busca de croquetas de jamón, pero unos tacos me guiñan el ojo.
Cedo a la tentación y regreso con las manos llenas.
—¿Y esos tacos? —pregunta Miguel, que se come uno de un solo bocado.
Las croquetas desaparecen en un instante.
Partimos hacia la chocolatería San Ginés, donde probamos unos de los mejores churros que he comido en mi vida, acompañados por un chocolate espeso y memorable. Pedimos otra ronda sin pensarlo. ¡Aquí nada es exceso!
Rodamos —quiero decir, caminamos— hacia la Plaza Mayor y luego a la Puerta del Sol.
—Miguel, tú me disculpas, pero hay que tomarse unas fotos junto al oso —digo, señalando la famosa escultura.
—¿Para qué? —protesta con una sonrisa entre divertida y resignada.
—¡Oh! Quien no se toma una foto con el oso no ha venido a Madrid.
Vamos, posen —los animo, capturando el momento. La media sonrisa de Miguel se convierte en un poema que luego le envío a Soraya por WhatsApp.
De la Puerta del Sol a la Puerta de Alcalá y, finalmente, al Parque del Retiro. Mis alpargatas apenas me arrastran hasta el pabellón dominicano, donde una multitud se agolpa alrededor de un carrito de yun-yun. Todos quieren probar la dulce bebida de colores vibrantes. Yo regalo el mío a uno de los editores dominicanos. Mientras él lo disfruta, yo me siento saciada por los churros con chocolate y el cariño de la gente.
Soraya y Miguel se despiden. Yo, en cambio, siento que no sería justo dejar dormir a Madrid sin disfrutar unas cañas. Después de dar varias vueltas con el editor del yun-yun y de comprar varios libros, propongo un café para espantar el jet lag. Nos sentamos en uno de los puestos de comida en la entrada de la feria. Aunque no es un cortadito del Versailles de Miami, el café se deja beber y, lo más importante: abre mis ojos y mi alma a la noche madrileña.
Miguel, Soraya y Frank B. habían prometido juntarse conmigo, pero como no aparecen ni en los centros espiritistas, le toca al editor irse de cañas conmigo y aguantar mi ametralladora de preguntas sobre literatura.
Cambio el tinto de verano por cervezas y tapas. En Cien Montaditos, aprovecho un periódico guardado en mi bolsa de libros para arroparme las piernas del fresco nocturno.
Terminamos la velada en un bar donde el bartender, amable y conversador, me carga el celular mientras me cuenta sobre las bebidas que ha aprendido a preparar durante los meses que lleva desempeñando ese oficio.
Al salir, alguien nos llama desde atrás. Al voltearnos, es él, corriendo con la bolsa de libros y mi cámara, olvidadas en la barra. Una escena sencilla, pero cargada de humanidad. Cada vez amo más a Madrid.
Con mi cartera, mi cámara y mi bolsa de libros al hombro, me despido del editor, consciente de que, por una vez, hablé menos de lo habitual. Él llenó los silencios con historias que tal vez olvide, pero cuyo tono cálido permanecerá en mí.
La conductora del Uber es de Barcelona y llegó a Madrid hace ocho meses, esperando que “la situación de esa empresa mejore” y pueda regresar junto a su esposo enfermo que permanece allá.
Mientras tanto, trabaja de madrugada, cuando hay menos tráfico y más oportunidad de aprenderse las calles. Le deseo una pronta vuelta a su ciudad, una ciudad que también me espera en unos días.
Al llegar a mi habitación, transfiero todo el material de mi cámara a la computadora. Desvistiéndome, noto que uno de mis aretes se ha extraviado. Triste, abro la ventana y veo a una pareja caminando de la mano bajo la luna. A veces uno pierde un arete y gana una historia.


















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