Por GG

Como tantas otras veces, hoy me encuentro empacando la casa. A pesar de la experiencia acumulada en estos menesteres me sigue resultando extraño tratar de aprisionar, entre cartones, el silencio que habita en las habitaciones. Nunca he constatado si ese silencio va quedando esparcido en los hogares desmantelados o, si por el contrario, vienen con nosotros cada vez que levantamos carpa. Algo ha de quedar, algo ha de venir, es lo que pienso.

La vida, como el espectáculo, debe continuar con sus eventos, uno importante, en medio de la mudanza, es la abolición del storage familiar, un altar levantado hace quince años con fotos y cuanto utensilio con sabor a mar se nos fue adhiriendo a la espalda, sin que nos diéramos cuenta. Cajas y cajas importadas de la niñez con sus baberos colgados y la A+ de algún examen, pasando por la carta indiscreta de algún “amor” sin frutos permanentes, sembrado en el frío concreto que sostiene la inutilidad de ese apéndice alquilado a kilómetros de nuestro hogar.

–¡Ah, mira dónde andaba el destapador que nos regalaron cuándo nos casamos!

Muchos de esos objetos tienen algo que decirme, o qué callar, cuando saltan de algún contenedor polvoriento, causando en mí una sensación similar a la plasmada en las crónicias de Colón, a su llegada al continente americano. Sin embargo, luego de tanto encierro y tanta mascarilla, fruto de la pandemia, las ganas de desprenderme, por fin, están listas (todo tiene su hora).

Alguien me dijo alguna vez que quienes nos hemos mudado repetidas veces, sobre todo de país, solemos no apegarnos a nada. Siento que , de cara al storage, a mí me costó más de una década llegar a ese momento, sin embargo, de cara al vecindario dónde hemos vivido la mayor parte de nuestros años migrantes, puedo concederle cierta razón. A pesar de haber visto a Brickell alzarse hasta tocar el techo, de formas infinitas, y de haber disfrutado de la sombra de sus enraizados árboles centenarios, no siento gran tristeza ante la partida. Cada espacio del universo, circundante al hogar que hemos formado, –durante los tres apartamentos que ocupamos en los últimos siete años–, viene con nosotros como viajes temprano al colegio o al trabajo y en los momentos en los que nos parecimos a los rascacielos o a las profundas raíces de los árboles de Brickell. Para todo eso, el storage que vaciamos es innecesario.

Goodwill, Salvation Army y algunos amigos adoptarán los residuos de este apéndice

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