Hubo dos ocasiones en las que esperé con ansias el mes de noviembre, como lo hago ahora. La primera de ellas cuando me casé, bien enamorada, y la segunda cuando di a luz a mi hija, nombrada como yo por su padre (parece que me quiere mucho).

Este anno cumplo veinticinco años de casada y mi hija cumple sus veinte años, dos fechas muy especiales, sin embargo, estoy más ansiosa por que llegue el penúltimo mes del año para salir de una vez por todas de las elecciones en Estados Unidos, que tanto nos han desunido, según yo.

Me siento muy agradecida por tener la oportunidad de ejercer el voto en este gran país que me ha adoptado y en el que he crecido llena de privilegios, biles y taxes. Y claro que voy a honrar ese compromiso y ese deber desde mi perspectiva del mal menor en lo que se ha convertido la elección de un candidato, de los dos que presentan republicanos y demócratas. Sin embargo, estas palabras no tienen que ver con política o, quizás sí.

Desde hace meses me he recluido en casa por dos razones: la pandemia, obvio y por estar dedicada a leer y a escribir un libro que ya he terminado y que no sé si su destino sea ser publicado –ya veremos. En ese período de tiempo tan productivo, para mí, me he quedado conectada en varias redes sociales y en escasos grupos de Whats App, ninguno de ellos relativos a la política. Para mi sorpresa en estos grupos se ha colado el rojo y el azul partidario como el agua jabonosa que sale por debajo de una puerta, luego de que la bañera, al otro lado, se ha rebosado.

Ha llamado mi atención el componente religioso que le adjudican a la elección de un candidato o a otro, el cuestionamiento a las creencias de otros y los consejos, basados en esos pensares de superioridad religiosa, para ser un mejor creyente en base a un voto. A tal punto que me he llegado a preguntar: Qué es eso un buen cristiano?

Si a la palabra vamos, un buen cristiano sería, según yo, quien está interesado en imitar la forma de vivir de Jesús. Si yo fuera a resumir lo que