Por Ana Barcelona
Desde que me mudé a Miami he salido con varios pretendientes, algunos de ellos en realidad no me gustaban lo suficiente como para considerarlos más que conocidos con los que pasaba mi tiempo libre, con el objetivo de no estar tan sola en un país donde no tenía amistades. El primer pretendiente que tuve fue el recepcionista de mi edificio, un bello hombre menor que yo, al que le gusté desde que me ció bajar por el ascensor con mi ropa de trabajo. Él sentía inclinación por mis trajes sastre y cada mañana me decía que me veía bien. A mí me parecieron fuera de tono sus cumplidos, pero a todo se acostumbra uno, y más si vienen de un adonis como ese. Musculoso y con el pelo largo, el individuo en cuestión cargaba una sonrisa y una muela que lograron acaparar mi atención. Ya al mes de vernos a diario en las mañanas o en las tardes, de salida o llegada mía al edificio, empezamos a tomarnos uno que otro café en la cafetería del primer piso. De eso pasamos a prestarnos libros y a intercambiar celulares. De eso a tenerlo metido en mi cama pasó poco tiempo.
Por eso días, mis amigas del gimnasio empezaron a notar que mi risa era incontrolable, que mi energía iba en aumento y que mi sentido del humor se afilaba, solo que no quería decirles que salía con un hombre menor que yo. No era que le debiera explicaciones a nadie, pero había crecido en una familia muy conservadora y yo misma me reprobaba esos diez años de diferencia, que sabía que en algún momento serían un elemento que podría echar al traste cualquier relación. En vista de eso, opté por comentarle a mis amigas que estaba saliendo con alguien sin importancia, para que no me preguntaran mucho sobre el asunto.
Por las mismas razones antes expuestas, traté de no apegare mucho a Víctor, mentalizándome que aquello era solo sexo…y ¡qué sexo! Había sido el único de mis pretendientes con el que podía amanecer sin dormir durante toda la noche, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja. Solo de verlo desnudo me













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