Nadie vio venir el cantazo, de hecho, nadie se propuóso asestarle el golpe a Jaime en pleno estómago. Lo sucedido era resultado del azar, o de la planificación de alguna divinidad bien cínica, que había hecho todos los arreglos desde un plano incoloro, para que el muchacho de ocho años pasara delante de los compañeros de estudio que en ese momento reñían en el pasillo de la escuela de caballeros La Hermandad Azul de San Teseo. Al pasar justo en el momento en que Jayro le intentaba conectar un puñetazo a Joaquín, Javier–ajeno a la riña, por vivir en su mundo paralelo del Belén con los pastores– recibió el impacto justo en el estómago, produciendo el puñetazo, que cayera al suelo, rodara por las escaleras sumido de un dolor espantoso en las tripas de la barriga y luego en el tobillo que se quebró al caer al primer piso del edificio de principios de siglo XX.

Los Gritos de Javier se acumularon en su garganta sin encontrar salida viable entre todos los estudiantes del centro educativo que lo rodeaban viéndooslo cómo el tobillo del muchacho se iba inflamando debajo de la media deportiva que usaba ese viernes de deporte. El hermano Jonathan lo tomó del brazo bruscamente y lo condujo a la dirección, sin posar siquiera la vista sobre los jóvenes que habían provocado la caída del pequeño. –Usted siempre incitando al desorden Javier, cuándo será que aprenda a comportarse?

–Javier se había resignado en los últimos dos años a ser el culpable de todos los problemas que presentaba algún alumno de su grado en el pula o fuera de ella, era lo que se dice el pushing Bag de los profesores y el objeto de buying para sus compañeros que al llevarle uno o dos años al precoz estudiante, le doblaban en estatura y en agilidad motora.