Mi abuela se llamaba Rosa y era joven, muy joven, cuando la casaron con su primo. Con apenas trece años ya había parido a mi tía Antonia y cinco años después, al cumplir la mayoría de edad, ya había dado a luz a cuatro de sus ocho hijos.

Mi abuela nació con la muerte a cuestas, quedando huérfana a los pocos segundos de aprender a respirar y enterrando a su último hijo parido, con apenas dos años de edad.

Sus primeros doce años los transitó de casa en casa, haciendo oficios y aprendiendo a jugar a ser adulta con los esposos de las tías que la acogían en sus “hogares” como sirvienta.

Rosa era rosa en las mejillas y blanca como la cresta de una ola a lo largo de su cuerpo huesudo. El pelo se le escapaba de la cabeza y retozaba en sus caderas diminutas como gaviotas en Miami Beach.

Mi abuela Rosa nunca viajó, esperó al abuelo mientras paría sola a todos sus hijos. Él nunca tuvo tiempo para asistir a esos partos a causa de sus constantes viajes de negocios placenteros.

Rosa se marchitó esperando al abuelo que, al preñarla por última vez, jamás volvió a verla. Ella asistió al funeral de su pequeño hijo y al dejarlo enterrado salió del cementerio caminando hacia su propia muerte. Jamás dejó de caminar. Sin avisar, aparecía en nuestra casa de vez en cuando, desapareciendo cómo mismo había llegado. Una vez me dejó peinar su larga cabellera mientras me contaba historias de mis tíos. Dejó su collar de perlas en mis manos y jamás volvió a casa. Caminó y caminó hasta que unas aves negras anidaron en su cabeza y luego le comieron las piernas de su mente, hasta matarla. Alguien las llamó esquizofrenia.