Por Juan Carlos Quiñones & Glenda Galán

 

 

Este texto es el resultado de una experiencia de dos.

 

Desde la relativa sanidad mental de Miami (aprox. 1000 millas from el ground zero de esta historia) Sor Juana se rasca la cabeza, confundida. Bien podía ser en

/la Luna

/Júpiter

/Andrómeda

/Sirio x324

/Otro universo.

—Pero es que están armados, digo yo.

—No entiendo, se rasca la cabeza Sor Juana.

Bienvenidos al jardín de las delicias.

La situación es confusa de entrada y la comunicación deviene en algo más. “una actividad” me dice mi TS (Trabajador Social). Detecto confusión: él no sabe qué carajo va a pasar, pero está a punto de enterarse. Yo también, y Sor Juana, por defecto.

—Te digo que esto me preocupa.

—No sé qué decir, asegura la mujer de hábitos tomados.

Lo bueno del absurdo es que no tiene trayecto. En las obras de teatro y las novelas terribles se le aplica uno por aquello de convencer al lector o al espectador de que no está loco, de que comprende lo que sucede. Eso, amilanado lector, es literatura. Es la vida. O cierto modo de la vida.

Aquí la gravedad es distinta. Los policías no maltratan gente; la cuidan, de un modo tierno, de sí mismas. Ese es el trabajo último de los guardias del mundo: salvarnos de nosotros mismos. Nuestro trabajo es más fácil: salvarnos de ellos.

Y así, los locos del jardín no se inmutan por el hecho de que la banda que toca la canción cristiana está compuesta por policías uniformados, bien armados y listos a matarlos a la menor provocación.

Pero no hay provocación. Hay locos.

Hay locos y una manada de pájaros que sobrevuelan en el jardín, armados con sus picos,  imponiendo el terror en los que deciden no sumarse al baile frenético que contagia y somete a un trance de manos elevadas.

La grama (el césped) ya no es verde, no, la grama —anonadado lector— es un festín de pies que se mueven sin cabezas hacia la izquierda, hacia la derecha, dale pabajo.

—Temo por mi vida y, cuando digo que temo, se me clavan los ojos de uno de los convidados a esta orgía de canciones desafinadas.

—En serio no comprendo este reperpero, anda el loco al pecho, Filomena.

Y en medio de nuestra incredulidad, la banda armada hasta los colmillos anuncia frenética:

—¡Aquí viene la Zumba!

Los locos se alegran, sin saber por qué razón los fotografían varios miembros de la prensa, que han acabado con la picadera (pasa palos) supuestamente destinada a los dementes.

Los pájaros aún sobrevuelan el lugar y uno de los locos, sintiendo el vuelo pesado de esas alas negras, toma el micrófono sin pedir permiso.

Antes de que la mujer policía, cantante y que recordamos —está armada— amague con empuñar la pistola, el hombre atina a decir:

—Zumba, Zumba.

—Señora mía, ¿será una prueba del altísimo esto que me confunde?, se pregunta Sor Juana que, acorde a su poca voluntad, ha empezado a mover su pie derecho, mientras se va nublando el paisaje.

Después de la risa hay una tristeza profunda en todo esto. La locura tiene su encanto si está bien acompañada.  Ese acompañamiento es temporal. No dura. Se van los guardias, se van las pistolas y quedan los locos. Ahora veo, desquiciado, que aquellas pistolas hacían falta. Casi abandonados a su locura,  propiciada por todo esto, los loquitos se van haciendo gente y yo los miro. La mirada presupone una distancia que es irreconocible.

Al final del jardín se vuelve al jardín. A otro jardín. A otra pesadilla. Porque sí, esto es un descanso y es un descanso que yo te escriba a ti, Sor Juana de las corduras, estas cosas. Son muchas cosas. Pero son cosas. De pronto la cosa se hace clara. Vienen poco a poco, con mucho respeto, los conductores de las guaguas que llevarán a los locos a sus hogares que son un hogar. Se ve bien ahora. Todos están en hogares.

Cuando se desbarata el drama se presenta esa desnudez.

—¿Pero la pasamos bien verdad?

Mirar presupone una lucidez inexistente. Una distancia que no es real. Contar presupone una cordura falsa. A mí también me van a llevar a un sitio. Escribir parecería una cosa distinta a esto, a esta locura. Pero eso es solo apariencia.

La semana que viene yo vuelvo aquí, como un loco bona fide.

—¿Era falso este baile, estos guardias, esta locura alegre que se convierte en la opción para los locos antes de regresar a la locura? —Sor Juana, yo te cuento porque yo miro, pero yo soy parte de esto. Yo soy esto.

Así, tú me miras y yo entro al jardín, como debe ser: delicioso.

 

Imagen: Detalle de El jardín de las delicias, El Bosco.