Por Glenda Galán • Fotos Lyle O. Reitzel.

No todos los días se tiene la suerte de conversar con un artista al que admiras profundamente. Este diálogo con Gerard Ellis me ha hecho admirar su obra desde otra perspectiva, pues este creador combina talento, inteligencia y una honestidad que sobrepasa la tela, al igual que sus palabras, para quedarse habitando en nuestras memorias.

Desde el primer minuto de conversación, su trato afable y su risa fácil dejan claro que detrás del artista dominicano, reconocido internacionalmente, hay un ser humano sencillo, disciplinado y apasionado. Su obra, cargada de crítica social, memoria y simbolismo, nos recuerda que el arte también puede ser un espejo incómodo, pero necesario.

Los primeros trazos

Gerard empezó a dibujar desde muy pequeño. En la escuela vendía sus dibujos por diez o quince centavos; eran los personajes que veía en televisión o ideas que se le ocurrían en el momento. Pero a los nueve años, una visita al Metropolitan Museum of Art de Nueva York le cambió la vida. “Desde entonces supe que quería ser artista”, recuerda. A los catorce ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde se obsesionó con la anatomía humana y con copiar los estudios de Miguel Ángel y Da Vinci. A los veintiún años ya estaba graduado.

Su carrera profesional comenzó en la Zona Colonial de Santo Domingo, en un pequeño taller que alquiló gracias a la ayuda de su amiga Rosalba Hernández. “Allí empecé a compartir con otros artistas, a exponer y a participar en bienales. Desde 2002 he estado activo sin interrupción, aprendiendo en el camino.”

La primera exposición

Su primera muestra individual fue a los veinte años, en el Salón de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Exhibió una serie de desnudos femeninos influenciados por Picasso y Matisse. “Recuerdo que quise tomar sol antes de la inauguración para no verme tan pálido, y terminé con una insolación terrible”, cuenta entre risas. Desde entonces, el bloqueador solar no falta en su vida.

Más allá de las etiquetas

Aunque nació en República Dominicana, Ellis nunca se sintió limitado por la idea de hacer “arte caribeño”. “Desde temprano rechacé las etiquetas. Que uno sea del Caribe no significa que tenga que pintar con amarillos o rojos. Mi audiencia siempre fue global.”
Aun así, su obra refleja los contrastes y absurdos de su país natal. “Venimos de un lugar lleno de desigualdades y realidades surrealistas. Todo eso se te queda grabado. Mi pintura tiene algo de denuncia, pero también de introspección. Me interesa que el espectador sienta la obra más que entenderla. La pintura está hecha para ser sentida, no explicada.”

La humildad como brújula

A pesar del reconocimiento que ha alcanzado, Ellis mantiene una humildad admirable. “No pienso mucho en eso de ser bueno o exitoso. Simplemente conduzco lo que se me ha dado.” De su madre aprendió la importancia de no ser arrogante; de su padre, la belleza de las cosas sencillas. “Hay que tener los pies en la tierra, siempre.”

Entre el silencio y la superstición

No tiene una rutina fija. “Cada día se organiza en torno al trabajo, pero no tengo un horario estricto. A veces un domingo trabajo todo el día y el martes descanso.” También confiesa tener manías: si empieza un cuadro escuchando cierta música y siente que va bien, repite el mismo álbum hasta terminarlo. “Una vez escuché el mismo CD durante 27 días seguidos.” Aunque la música lo acompaña en ocasiones, asegura que prefiere el silencio.

Destruir para renacer

Ellis no teme destruir lo que no lo convence. “He cortado con tijeras cuadros que no me gustaban. Del único que me arrepiento es de Desde su vientre (2002). Era una buena pieza, pero la destruí. Fue una mala decisión.”

La vida entre dos ciudades

Vivir en Nueva York le dio tanto como le quitó, según sus palabras. “Perdí el contacto diario con mis padres y con mis amigos. Extrañó el clima y la calidez de la gente. Pero gané experiencia, apertura mental y la oportunidad de estar cerca de los museos más importantes del mundo.” Para él, emigrar también lo hizo valorar más sus raíces. “Cuando vives fuera, aprecias lo tuyo de otra manera.”

En la actualidad, vive de nuevo, en Santo Domingo.

Influencias y admiraciones

Durante su formación, Dalí y Picasso fueron sus mayores influencias, pero hoy prefiere mantenerse alejado de imitaciones. “Intento no dejarme influenciar directamente por otros artistas, aunque admiro a muchos.” Si pudiera tener una obra colgada en su casa, elegiría Say Goodbye, Catullus, to the Shores of Asia Minor de Cy Twombly. “No me cabría, pero sería un sueño.”

Los retos del camino

Para Ellis, el mayor desafío ha sido enfrentarse a sí mismo. “A veces sientes que nada de lo que haces sirve, que el camino que tomaste no te gusta. Pero esas crisis te hacen crecer.” Sobre el mundo del arte actual, es tajante: “Detesto su falsedad, lo corrompido que puede estar, pero al mismo tiempo me entusiasma su diversidad y la libertad que ofrece.”

La alianza con Lyle O. Reitzel

Su relación con el galerista Lyle O. Reitzel comenzó en 2003, cuando este fue jurado en la Bienal Nacional de Artes Visuales. “Desde entonces trabajamos juntos. Gracias a Lyle, mi obra empezó a verse dentro y fuera del país. Me enseñó a ser más exigente conmigo mismo y a profesionalizar mi trabajo.”

El arte dominicano hoy

Ellis reconoce que en República Dominicana hay mucho talento joven, pero también advierte cierta complacencia. “Nos falta educación artística y más espacios con verdadera visión contemporánea. El arte tiene un potencial enorme para transformar, pero debemos tomarlo en serio.”

Presente y futuro

Gerard ha colaborado con la Thomas Jaeckel Gallery de Nueva York y ha realizado varias exposiciones en Santo Domingo, la primera con la galería de Lyle O. Reitzel. En su tiempo libre, le gusta leer obras como Breakfast with Lucian, de Geordie Greig, una biografía sobre Lucian Freud. Desde que nació su hija, prefiere el día a la noche, aunque las ideas, confiesa, siguen llegando en la madrugada.

Al preguntarle qué color lo representa, responde sin pensarlo mucho: “El blanco. Puede ser la suma o la ausencia de todos los colores.” Y cuando le pido que defina su fuente de inspiración, cierra la conversación con una frase que lo resume todo: “Me inspira la otra cara de la moneda. El underdog.”