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 Por Glenda Galán
Después de varios meses posponiendo la limpieza de mi closet, por fin saqué las fuerzas para hacerlo. No es que tuviera que hacer un gran esfuerzo físico para sacar la ropa que ya no usaba, o los zapatos que le regalé a Letty para que los mandara a Nicaragua; se trataba, más bien, de encontrar la fuerza interna que me permitiera enfrentar cada recuerdo que colgaba delas perchas.Lo primero que me sobrecogió al entrar al pequeño espacio fue la oscuridad en la que reposaban los trapos que salían por varios rincones, los sombreros rebozando unas cajas redondas mal cerradas,  cuyo print de flores parecía volar pétalo a pétalo entre los estantes de cedro. Antes de empezar a remover cada una de las piezas, bajo La Luz encendida, me senté en medio de todos los momentos que necesitaba despedir, de los que fueron cómplices algunas de aquellas ropas. Allí  estaba aquel vestido blanco, saliendo solo un poquito de entre otros vestidos, como si quisiera esconderse de mí. Sentada desnuda en el frío suelo, lo observé, luego procedí a tocarlo. Sentí su textura de verano y me conmovió aquel encuentro que volaba en el ruedo de una ciudad inmensa como el deseo que siento por el chocolate. Las luces, el encuentro, el beso. Ahí estaba él ahora, mirándome con complicidad y pena. Yo cerraba mis puños entre sus hilos,  para que no se escapara aquel instante, hasta que encontré fuerzas para abrir mis manos y dejar que cayera en una caja junto a otras prendas menos importantes; sabiendo que, cuando saliera de allí, su blancura arropando mi cuerpo se destejería hasta borrarse de mi memoria. Sin mirarlo cerré la caja y la saqué del closet. Esa fue la última vez que supe de aquel vestido comprado en Zara hace unos cuatro años, estoy segura que hoy viste el cuerpo de  alguien que no conozco, en un lugar que no conozco. Ese era su destino.

Ahora, tengo un closet más espacioso y más iluminado que antes, aunque nunca será el mismo; algo se extraña en ese gancho que permanece vacío.