fPor Fernando Ureña Rib
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El universo era muy pequeño entonces, ¿sabes?  Nosotras éramos quienes lo formábamos poco a poco, milímetro a milímetro. Y tardamos mucho, mucho tiempo, para lograr que llegara a ser tan grande como es hoy.  La clave consistía en que el tiempo y las tres dimensiones eran la misma cosa, o bien podíamos mezclarlas y cambiarlas, no a nuestro antojo, sino de acuerdo a un plan que había ideado y trazado la Hormiga Mayor.

 

Si nosotras,   por ejemplo, con gran esfuerzo rodábamos un milígramo de peso durante un trayecto de mil leguas, al final el tamaño era muy grande, tenía un peso enorme y  caía rodando  en la inmensidad del vacío.

 

Así fue como se formaron los planetas.  Algunas brigadas de hormigas trabajábamos haciendo rodar un mundo,  y otras otros. Hasta que el universo se fue poblando de esas esferas enormes que tú ves flotando aquí y allá.

 

Pero la Hormiga Mayor, que  es muy laboriosa y sabe más que todas nosotras, se las ingenió  para tragarse de un sorbo el tiempo y todas las distancias, por lejanas que fueran.  Así, mientras nosotras seguíamos echando mundos a rodar, la Hormiga Mayor se convirtió en Dios.

 

Claro, para que a ninguna de nosotras se nos ocurriera robarle la idea, él nos transformó en seres pequeñísimos y seguimos por todas partes,  arrastrando laboriosamente miligramos, cada una metida en sus ínfimos parámetros de tiempo y en sus minúsculos universos.  Aunque a veces, nosotras también soñamos con alcanzar la Eternidad.

 

FERNANDO UREÑA RIB