Por Nestor E. Rodríguez El verano del 92 lo pasé ataviado de negro y blanco y con una corbata de ésas que los boricuas llaman “de lacito”. Trabajé de siete a cuatro y de lunes a sábado para reunir los mil dólares que le debía a Don Pedro, el prestamista cubano vecino mío en Valencia. Como el...














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