
Identidad y desplazamiento
Durante muchos años he vivido atravesada por geografías y experiencias que han transformado no solo mi historia, sino también mi cuerpo y mis sentidos. Nací en Santo Domingo, República Dominicana, y desde los treinta y tres años he residido en diversas ciudades de Estados Unidos: Miami, Connecticut, Tampa y Atlanta. A lo largo de mi vida me he mudado dieciocho veces, doce de ellas en los últimos veinte años. Cada traslado ha dejado huellas profundas en mi manera de percibir el mundo y de escribir.
Estos desplazamientos no se limitan a cambios de hogar o de dirección; se sienten en la mente, en el cuerpo y en la poesía que surge de mi experiencia. He atravesado enfermedades, cirugías, y la visión que mantuve durante toda mi vida —20/20— ahora depende de lentes. He visto cómo mi cuerpo cambia con los años, con el clima de cada ciudad, con los ritmos y colores de los lugares que me atraviesan. Este cuerpo mutable, marcado por el tránsito, refleja lo que Stuart Hall describe como identidad: “la identidad no es algo que uno posee, sino un proceso que siempre está en construcción, una narrativa que se reescribe continuamente” (Hall, 1990, p. 223).
Cada ciudad imprime su marca en mi escritura. La humedad y el calor de Miami, la calma blanca de Connecticut y sus hojas de fuego en otoño, la primavera majestuosa de Atlanta, el mar en calma de Tampa… todos estos elementos se infiltran en los versos que se mueven conmigo. Mi poesía no se asienta; viaja, muta y se transforma. Es el reflejo de un yo que se construye mientras camina, mira, siente y se adapta. Este sentido de transformación constante conecta con la noción de Gilles Deleuze: “el sujeto no es, sino que está en devenir; la identidad es un flujo que se realiza en el movimiento” (Deleuze, 1988, p. 79).
Puerto Rico: la experiencia de sentir
Hace aproximadamente un año, durante un viaje a Puerto Rico, esta sensación se volvió más clara cuando observé la isla desde el avión y experimenté algo que hasta entonces no había sentido con tanta intensidad: una conexión profunda entre un lugar y mi propio trayecto. Puerto Rico se me reveló como una mezcla visual y emocional entre Santo Domingo y Miami; un espejo donde percibí simultáneamente mi tránsito: los espacios que he dejado atrás, los que habito ahora y los que llevo en la memoria.
Aunque mi visión ha disminuido y depende de lentes, esa percepción parcial no disminuyó la intensidad de la experiencia; al contrario, me obligó a centrarme en otros sentidos, en la memoria y en la emoción. La geografía, la arquitectura, el calor, el olor del mar resonaron con mis propias historias: recuerdos de Santo Domingo y Miami, mezclados con sensaciones que solo la distancia y el tránsito permiten experimentar. En ese momento hubo una nueva consciencia en cuanto a mi poesía, que se va construyendo con el movimiento entre lugares y tiempos distintos; entre lo que fui, lo que soy y lo que continúo siendo mientras escribo.
Esta experiencia de Puerto Rico como territorio híbrido conecta con lo que plantea Gloria Anzaldúa sobre los borderlands: “vivir en los borderlands significa identidades en constante desplazamiento, traduciéndose a uno mismo a través de lenguas y mundos” (Anzaldúa, 1987, p. 79). Lo que sentí allí no fue solo un viaje geográfico, sino un encuentro con mi yo en tránsito, donde el cuerpo, la memoria y el lenguaje poético se alinearon para dar sentido a lo que antes era difícil de nombrar.
El yo y la poesía en movimiento
Desde la psicología, Erik Erikson plantea que “la identidad es un sentido del yo que proporciona unidad y continuidad a lo largo de la vida” (Erikson, 1968, p. 22). En mi caso, esa unidad no es fija; se construye y se reconstruye con cada ciudad, con cada cambio de clima, con cada transformación del cuerpo y los sentidos.
En este momento me conmueve crear desde lo que llamo poesía en movimiento, una escritura que surge del desplazamiento continuo del cuerpo, la memoria y la geografía, donde el poema registra las transformaciones del yo a través del tránsito. Una forma de escritura que nace de la experiencia de habitar múltiples espacios, de moverse entre lenguajes, paisajes y tiempos distintos.
Mis trabajos recientes nacen precisamente de esos desplazamientos y reflejan los lugares que han dejado huella en mi cuerpo y en mi memoria. Son espacios de tránsito y transformación, donde coordenadas, ciudades y memorias del Caribe y de Estados Unidos dialogan con la experiencia de mutar y resistir. Mi escritura ha convertido así en el vehículo que traduce el movimiento del cuerpo, del tiempo y de la memoria.
En este sentido, la poesía en movimiento no es solo una forma de escritura, sino también mi manera de habitar el mundo: un lenguaje que se transforma con cada lugar, con cada memoria y con cada cambio del cuerpo.
- Erikson, E. (1968). Identity: Youth and Crisis. Nueva York: W. W. Norton & Company. p. 22.
- Hall, S. (1990). Cultural Identity and Diaspora. London: Lawrence & Wishart. p. 223.
- Deleuze, G. (1988). Foucault. París: Les Éditions de Minuit. p. 79.
- Anzaldúa, G. E. (1987). Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. San Francisco: Aunt Lute Books


















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