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Desde que me mudé a esta ciudad, puede percatarme de que a pesar de ser territorio norteamericano, este bello pantano era en la práctica la capital de Latinoamérica.
Lo primero que me cautivó fue el poder distinguir mi propio acento de dominicana, escondido hasta entonces en el uso cotidiano en mi isla, viéndose aquí expuesto y comparado con el de los venezolanos, cubanos, colombianos, peruanos y hasta el español de los brasileños.
Era como descubrir que muchos españoles formaban el español de los hispanos, con sus frases, sus expresiones y sus cantitos, que en un coro perfecto van creando la música de la ciudad del sol.
Otro descubrimiento importante, fue apreciar que el aroma del café dominicano es el mejor del universo, pero que ningún otro cortadito sabe mejor que el del Versalles, un lugar emblemático de la ciudad, para quienes quieren palpar de cerca el exilio cubano.
A pesar de haber llegado en pleno calor de un verano, tuve que ir a cientos de lugares para poder armar mi nueva casa, lo que me permitió descubrir, que Miami es mucho más que malls y playas, es también refugio, exilio, lucha, fábrica de arte, música y claro está, cilicón, cuerpos bellos y alguno que otro político corrupto.
El Miami de los que habitamos esta parte del mundo es un Miami multicultural dentro de hispanoamérica, donde la lucha constante por llegar a Estados Unidos no cesa de pintar en sus muros la historia de esta ciudad, que dentro de unos años habrá adquirido una personalidad más homogénea.
Desde Pinecrest y sus bellas casas, Coconut Grove y sus pavo Reales, Wynwood con sus muros pintados y sus galerías de arte, Downtown con sus altos edificios y sus restaurantes, Miami Beach con sus playas y cruceros, hasta Doral con sus campos de golf y sus vacas, Miami lo tiene todo!