panal

Por Juan Dicent

Mamatita quería llevarme a la parada de la guagua, no la dejé, ¿por qué prolongar la tristeza de ver sus ojos? Para ella marchaba a la guerra, yo venía para la capital a buscar trabajo, a inscribirme en la universidad.

Desde el mismo momento de entrar en la guagua me sentí otro, más alto, los pulmones más anchos, un joven héroe con un porvenir de hazañas capaz de enfrentar a cualquier tíguere de la capital, pero al bajarme de la guagua en la parada del kilómetro 9 me sentí otro, más niño, más vulnerable, pan caliente para cualquier capitaleño atracador.

Santo Domingo se me hacía grande y fea. Los carros y las guaguas y los camiones no paraban de tocar bocina. Una ambulancia trataba de abrirse paso con su sirena anunciando llevo a un hombre que le dio un infarto, llevo a una mujer pariendo un feto con cabeza de cucaracha que será inmune al invierno nuclear. Abracé la maleta. No podía montarme en un carro público, tenía que coger un taxi directo a la pensión de Doña Niña en la calle El Conde con 19 de marzo. El taxista tenía una gorra azul del Licey, eso me dio confianza. Después de salir del humo denso el viaje fue mirando el mar por todo el malecón.

Subí los escalones descansando en cada piso, hasta el quinto piso conté 83 escalones. Era un edificio viejo, en buen estado, de techos altos y ventanas de tablas, ventanas de las que se abren para afuera, dejando entrar la brisa marina a cuatro cuadras de distancia. Toqué el timbre, me abrió una muchacha que me recordó a Natalia. En la sala me miraron extraños que pronto serían conocidos, hombres y mujeres derrotados viviendo en una habitación incierta, sin familia, después de los 30 años: un pintor que nunca había expuesto un cuadro; una mujer con la piel de una baraja rechazada por el casino del Hispaniola; un cambia dólares callejero especializado en engañar a los turistas, a veces hacía de guía cuando los extranjeros eran alemanes; una prostituta viviendo una mentira, y la muchacha que me abrió la puerta, estudiante de contabilidad en la UASD, lejos de Barahona y sus plátanos.

La estudiante me llevó hacia Doña Niña en una transición inmediata de la juventud a la decrepitud. Doña Niña es unas piernas en paréntesis y una boca sin dientes con ojos de habichuelas negras. No me gustó ni un chin la mirada que me dio, pero era el prejuicio de la fealdad, la verdad es que debajo de ese caparazón latía la ternura, una abuela sustituta esperando despierta mi regreso de la universidad con un mangú caliente, un ángel desfigurado que en medio de una fiebre me haría té de limón y, pasándome las manos por los cabellos, susurraría duérmete mi niño.

Yo no estaba ahí, yo estaba con Natalia debajo de una mata de mango, mirando un panal de abejas en una tarde de junio.

 

Juan Dicent