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Por  Néstor E. Rodríguez

Estando en Salamanca en el verano de 1999, Paco Bautista me puso en las manos un cuadernito de poemas titulado Primavera soluble, parte de la obra póstuma del máximo poeta de la ciudad, un tal Aníbal Núñez, muerto prematuramente en 1987. La experiencia con esa primera lectura de la poesía de Núñez me hizo salir del apartamentito de la calle Ancha donde me hospedaba y buscar lo que encontrara del autor. En una librería de viejo llamada Antiquaria conseguí el segundo tomo de una serie publicada por Hiperión con sus obras completas. Paco sonrió cuando le hice el cuento y me dijo burlón: –Debiste comprar también el otro volumen–. Al otro día estaba de vuelta en Antiquaria. Ese mismo verano pude conocer a Ángela San Francisco, madre y albacea del poeta. Le hablé de un número especial de El mono adivino que tenía en mente como homenaje al poeta, un proyecto que luego se evaporó como muchas de las cosas que emprendo. De aquella agradable reunión recuerdo sobre todo la amabilidad de mi anfitriona y la seguridad con que me respondió que el poema que mejor recogía la singularísima poética de Núñez era “Mapa animado con ejemplos de lo que hubiera sido”. No pude menos que asentir:
Mapa animado con ejemplos de lo que hubiera sido

Si pura fuera la contemplación
la calle sin memoria, los quehaceres
sin referencia y ábaco
sería mirar, hacer, ser hecho, respirar luz y aire.

Ocuparían el corazón

los cúmulos, la jara.
La confusión, las venas.

Y qué gestos de árbol iba a tener la voz, la artesanía
qué fulgor de tormenta
el éxtasis de estar o de caerse qué tersura
el ser metal o pisar cieno.
Andar hubiera sido perfil de la colina
bajo la lluvia el sol:
El sol multiplicado por dos trazos de agua
los ojos los planetas habitando en el mundo…
Aníbal Núñez, Primavera soluble (1992)