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Por Jimmy Valdez

He buscado antídoto, caja manuscrita para el silencio de la sonrisa que construye estaciones de fierro y quietud; ceremonia para mirar de espejos el alma, la máscara indivisible de mis pupilas; un espectro sin levedad transparente, tramando un mar llenísimo de algas, pájaros picoteadores, hombres en sus botes, con redes para pescar estrellas y horizontes al que decirle adiós cuando los trasatlánticos crucen repletos de mañana, conocedores de los confines del mundo y de las tierras en las que se produce el café, el cual, humeante aún en el pocillo, dibuja las hazañas de unas manos secretamente ocultas de caricias, desprendedores de pulpas y cicatrices en la rojez del origen de las cosas; la llanura, por ejemplo, en la que desde luego llueve y el mapa de los siglos retumba en su aleteo, como un nómada y ceñido mortal a su escritura.

 

Todos susurran confesando sus remordimientos: nadie quiere molestar a un ser que se retrata.