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Por Juan Dicent

 

Algo tan tranquilizador como montarse en un columpio del Bronx Zoo

una tarde de otoño que no hace ni calor ni frío.

 

Es mejor que un cita con un psiquiatra que no medique drogas rápido.

 

Fuin y fuan recordando cuando de niño en un pueblo dominicano

te encaramabas en el artefacto rústico y demasiado artesanal

que consistía en una goma amarrada a una rama de una mata de mango

con una soga que se rompía cuando más gusto estabas cogiendo.

 

Esperar el estrallón que no llega y mirar a tu alrededor

y darte cuenta que todavía quedan familias

que se ponen de acuerdo para ponerse el mismo día

los pantalones de camuflaje que uno de ellos

compró para todos sin olvidar el bebé de dos años.

 

Juan Dicent