Poesía que invita a moverse

Contar desde la niñez aquello que permanece es una forma de reconocer que el tiempo se acumula en capas que respiran dentro de uno. La memoria irrumpe en fragmentos, en imágenes sueltas que piden intensidad, más que en un orden. W. Benjamin escribió que el pasado relumbra en instantes precisos y es en esos destellos donde la infancia deja de ser origen y se vuelve presencia activa que sigue diciendo.
Allí se instala la vulnerabilidad como un núcleo que se transforma. La familia, la escuela, los primeros vínculos configuran y abren fisuras y zonas donde el sujeto comienza a intuirse sin terminar de reconocerse. En esa perspectiva, Michel Foucault pensó al sujeto como algo que se produce en esas tramas; desde ahí, la infancia no es un punto de partida sino un campo de tensiones que sigue operando, incluso cuando creemos haberlo dejado atrás. Cada gesto recibido permanece como una vibración que busca, tarde o temprano, su forma de decirse.
La poesía aparece en ese punto donde el lenguaje deja de explicar y expone la experiencia.
Escribir desde ese lugar implica una forma de intemperie. Cuando el relato se sostiene en la infancia, cada fragmento deja de ser recuerdo y se vuelve materia viva. Por eso el tiempo puede comprimirse. Cincuenta años caben en unos pocos si lo que se escribe no es la cronología, sino la intensidad. El tiempo, entonces, se espesa.
Gilles Deleuze pensó la experiencia como devenir, como una serie de intensidades que no se dejan medir. Desde ahí, un libro no se define por su extensión, sino por su capacidad de concentrar vida. Ochenta y cinco páginas pueden sostener una existencia completa cuando cada verso actúa como un punto de condensación donde memoria, afecto y pensamiento se cruzan sin jerarquías.
Mi nuevo libro, que verá la luz en los próximos días, nace desde ese cruce, como una celebración que no evita la herida, porque es precisamente allí donde todo seabre. Nietzsche entendió la creación como una afirmación que incluye lo que duele; en esa misma dirección, este libro busca sostener esa tensión donde lo que hiere también transforma.
La idea de poesía en movimiento responde a una práctica donde el poema ocurre desplazándose en el cuerpo, en el tiempo y en la geografía; proponiendo un ritmo que no pertenece del todo a quien escribe ni a quien lee. Cada verso pide ser atravesado por ese lector con el que inicia un baile de palabras.
Y es allí donde la poesía se completa: en ese encuentro. Lo que comenzó como una memoria individual encuentra su resonancia en otro cuerpo, en otra historia.
La infancia, entonces, se despliega. Cada fragmento que regresa transforma. Cada palabra que lo nombra mueve. La poesía se vuelve, en ese sentido, un territorio en permanente desplazamiento, donde la vida no se explica ni se resuelve al reconocerse en su impulso más hondo de seguir diciéndose, seguir moviéndose, seguir —de algún modo— bailando entre palabras.


















Comentarios