Caminaba deprisa por Lincoln Road tratando de evitar que me colocaran un ticket por haberme pasado de tiempo en el parqueo, porque, aunque en Miami se vive una vida pausada, desde que cruzas el puente hacia Miami Beach, el reloj empieza a correr apresuradamente.
Ese día salía de un taller de curaduría de arte, con las manos llenas de papeles, la cabeza de nombres que en mi vida había escuchado y las piernas a toda velocidad para llegar a tiempo a mi carro.
En esa prisa, se me cayeron los papeles al piso y un tipo me ayudó a recogerlos. Levanté la mirada hacia su turbante y una barba de medio siglo. Él miró fijamente mi frente, al tiempo que me decía:
—You’re a lucky girl!
Me espanté y retrocedí (entre tantos locos, tocarme a mí el del turbante.
El tipo, que era de la India, –por lo menos eso me confesaron sus facciones–, siguió caminando a mi lado y prosiguió con su monólogo:
—Todo es cuestión de comparar.
Me dio un escalofrío. El tipo era adivino o estuvo en el taller conmigo. El hombre me salta con eso y en el curso acababan de comentar que las obras de arte son en un contexto, que se yuxtaponen y son respecto a otras.
Le tiré una sonrisita al desconocido y aceleré el paso. Él aceleró también y continuó mirándome con su mirada de adivino.
—Dos hombres se pelean por ti. Uno alto, otro pequeño. Una mujer que no te quiere te observa.
Me sentí Blanca Nieves antes de escuchar lo que seguía.
—Serás feliz y tendrás larga vida, you’re a lucky, lucky —termina por decirme.
Ahí me di cuenta de que no era adivino. Hace años que dejé de creer en happy endings, pero le agradecí con la mirada el esfuerzo por hacerme sentir bien.
Cuando llegué al estacionamiento, ya tenía un ticket colocado en el cristal de mi auto. Sure, I’m a lucky girl!

















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