Para entender mi ausencia es necesaria la lluvia de abriles ardientes sobre una ciudad hecha de retazos.
Observar la paciencia con que manos siniestras han dispuesto de algunas partes del rompecabezas.
Irrumpir en la angustia de cada despedida, a tiempo y destiempo de todos los tiempos conjugados.
Se necesitaría percibir el desaliento de una voz que llama sin que nadie parezca escucharla, mientras el pasar de los días siembra de miedo todas las cosas vivas y animadas.
Hay una mirada que todo lo ve, que no parece inmutarse ante los sueños trazados bajo el inclemente sol que todo lo deshace.
Esa mirada me recorre, deshilachando preguntas. Aceptar que no sé las respuestas es empezar a encontrarlas.
Mi ausencia es una pieza perdida, como tantas otras, una voz fosilizada en mi cabeza, un hueco insalvable llamado distancia.
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