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Por Iván García Guerra

Un calor húmedo pega viscosamente las ropas a los cuerpos.   Las ventanas están cerradas.   El ambiente es pesado.   Las velas, colocadas en un pequeño altar improvisado sobre el esquinero de la sala, proporcionan casi toda la iluminación.

Desde que circuló la noticia de la gravedad del viejo, temprano en la tarde, los vecinos comenzaron a llegar.   Ahora, ya cercana la noche, parece no caber una sola persona más.   Todos miran alrededor con curiosidad rayana en lo insolente.   En la habitación del moribundo y en sus cercanías se agrupan los más fisgones, levantando la cabeza entre rezo y rezo, mirando hacia la cama, expectantes, inquisitivos.   Allí, sin que parezca percibir nada, sobre el cuerpo sudoroso del moribundo, reclina su cabeza la esposa.

Todos quieren ver de frente a esa mujer que esconde su rostro entre las sábanas.

– ¿Se habrá dormido?- pregunta una muchacha delgada.

– No creo que su descaro llegue a tanto- responde una anciana de boca pequeña que se encuentra a su lado.

– Así ha permanecido desde las tres de la tarde- agrega una voz que parece surgir de un moviente abanico.   Y continúa: – La última vez que se incorporó fue para preguntar por su hijo, que no ha llegado todavía-.   Ahora se percibe una malsana intención cuando concluye: – y que dudo que venga.

La puerta es abierta, y después de varios segundos, en los cuales no puede verse nada por causa de la horizontal luz rojiza del atardecer, se distingue la imponente figura de una negra gorda que, saludando impersonalmente a los que encuentra en su camino hacia el lecho, se arrodilla y rodea con sus brazos los hombros de la mujer.

El silencio se hace denso y todas las miradas se dirigen aún con más notoria insistencia sobre las tres personas.

– ¿Cómo sigue?- musita la recién llegada.   A lo cual la otra responde algo ininteligible sin levantar la cabeza.

Conforme, aunque no informada, como si en ningún momento hubiera esperado ninguna respuesta, la negra se incorpora, y luego de rezar balbucientemente, recorre a la inversa su trayecto y va a sentarse cerca de la puerta, en un lugar que dejó vacío cuando fue al baño uno de los pocos hombres presentes.

La atención recae por algún momento sobre la desconocida, y en respuesta a las inquisiciones de algunas, la anciana de boca pequeña cuenta que había sido la sirvienta de la casa en tiempo del escándalo.   Al menos, eso le parece recordar.

– ¿Y de que se trató el asunto?- pregunta la muchacha delgada.

A lo cual responde, con gesto impertinente, la mujer que se abanica cada vez más furiosamente desde una esquina de la sala:

– Ella engañó al esposo con un panadero…-   La muchacha deja escapar una exclamación de agrado.   Y la otra continúa: – Él la descubrió una noche, y no hubo quien no se enterara en el vecindario-.   La sola mención del asunto provoca hilaridad en la vieja, quien entorna los ojos y deja ver su desdentada boca en un gesto malicioso. – Fue terrible; pero simpático-, susurra, inclinando la cabeza hacia la joven. – Algunos dicen que el panadero logró escapar antes de la llegada del marido, y que Julia justificó su presencia en el patio por aquellas horas hablándole de apariciones divinas.

Una señora alta y huesuda hace un gesto de disgusto, y pregunta entre risas reprimidas, si el esposo lo había creído.

– ¿Quién sabe…?- contesta.   Y completa la información: – Los más comentaban que el panadero fue sorprendido en cueros y que, cubriéndose con una sábana, fingió ser una aparición, ante la cual el viejo cayó de rodillas.   Pero ya saben, la gente inventa mucho…   Eso fue por lo del asunto de la Virgen María y del Arcángel San Gabriel.   Le pusieron al muchacho Gabrielito; pero creo que su nombre era Tomás-.   La joven vuelve a reír, llamando esta vez la atención de los más alejados.   Y La vieja continúa: – Es una lástima que yo no sepa contarlo tal como se difundió, porque resulta verdaderamente chistoso.   Pregúntenle al señor que quedó sin asiento cuando vino la sirvienta.   Él es quien mejor conoce los detalles, y además tiene una gracia inmensa para hacerlo.

Todas buscan al sujeto; pero éste ha salido de la habitación.   Y la atención vuelve a caer sobre la esposa.

Mariana tiene calor, su rostro húmedo se pega contra las sábanas ardientes y gotas de sudor frío le corren desde la cabeza hasta el final de la espalda.   Le gustaría ir al baño y meter la cabeza bajo la pluma; pero no quiere enfrentarse de nuevo con sus visitantes.   Está allí, inmóvil, pensando en el refugio de su casa de campo, donde quisiera estar en estos momentos, y en el amor intachable que allí desplegó su esposo que muere…   Sí, su amor intachable.   Julián ha sido un buen esposo.   Un buen amigo.   Un buen padre…   Un magnífico padre, sobre todo.   Él también se sintió bendecido con el nacimiento de Sebastián, sin ni siquiera importarle que no fuera suyo.   Su hijo…   Su hijo…

El timbre del teléfono la sorprende, y como impulsada por un resorte mueve sus miembros acalambrados.   Una corriente de aire fresco le golpea la cara.

– ¿Es mi hijo?

– No –le responde una voz joven, – número equivocado.

El calambre, arrecia y teme asumir la anterior posición.   Así, tranquila, resulta incluso agradable el hormigueo que le recorre todo el cuerpo.   Inclina la cabeza lentamente, y apoyando los codos sobre la cama, oculta su cara entre las manos.   Están frías, sudadas.

Puede escuchar claramente las murmuraciones de las mujeres, y se pregunta por qué vienen a su casa si les asquea tanto su aventura de la adolescencia.

Busca la mano de Julián.   Está rígida.   Se siente mejor a su lado y prefiere no pensar en su inevitable muerte que deberá acaecer dentro de las próximas horas, como mucho.   El la confortó tantas veces cuando a ella la asfixiaba la vergüenza.   Nunca le habló de su adulterio, y las veces que ella tocó el tema, buscando explicarle, él cambió la conversación y a los pocos segundos la besó en la frente.

Ha llegado a querer al viejo, aunque no realmente como esposo.   Amor filial, sería la mejor descripción de la relación que se estableció en su corazón.   Él ocupó para ella, el rol que su verdadero padre había perdido cuando la obligó a casarse.   Al principio le guardó rencor al obligado esposo; pero luego descubrió que en casi nada él podía ser culpado del matrimonio.   Era natural que ella le gustara, y como en ningún momento protestó frente a él, de alguna manera creería que su atracción era correspondida.

Nada hubiera sucedido, y tampoco habría nacido el hermoso joven que ella ahora espera con nerviosismo…   A pesar del escándalo está satisfecha de haber parido.   No podría decir que esto fue la causa de aquel momento de entrega; en aquellos meses sólo pensaba en sí misma; no podría decir que se atormentaba, más bien se sentía agonizar lentamente, dulcemente, en forma asfixiante, sin que nunca llegara la muerte.   Recordaba perfectamente la angustia de aquellas noches en que dejaba la cama, descalza, sin hacer ruido para no despertar a Julián, dirigía sus pasos hacia el gran espejo del armario, donde, entre sombras se dibujaba borrosa su figura.   Allí pasaba largos minutos, movilizando lentamente sus miembros y sintiendo que esas sombras, casi sólidas, acariciaban sus carnes suaves.

El teléfono volvió a repiquetear, y la misma voz que antes, esta vez más cercana, dijo:

– Es el doctor-.   Delante de ella se encuentra un joven de cara compungida, que agrega: – Dijo que quería hablar con usted.

Cuando se dirige al teléfono piensa que al menos ese joven es sincero; su expresión no puede ser fingida, aunque no se explica por qué se conduele con la situación.   Toma el auricular y desde el otro lado llega la voz chillona del doctor.

– ¿Cómo sigue el paciente?

– No sé, doctor, permanece inmóvil.

– Llamaba para saber si era necesaria mi presencia.   Estoy muy ocupado y no quisiera desperdiciar un minuto.

– Usted sabrá.

– Si no se queja de dolor, no creo que tenga que ir.   En caso de que más tarde vuelva a atacarle, llámeme con toda confianza.

– De acuerdo.

– ¿Y usted?

– Bien, doctor, yo estoy bien.

Corta la comunicación y permanece varios segundos con el auricular en la mano.   No está bien; siente como si algo fuera a sucederle; tiene escalofríos y todo alrededor parece envuelto en una espesa niebla. Las piernas le flaquean cuando decide volver al lado del enfermo; se le antoja inmenso el recorrido hasta la cama, entre aquella hilera de ojos de lechuza que parecen querer desnudarla.   Pero tiene que volver.

– Es hermosa todavía-, dice una voz susurrante, – ¿cuántos años tendrá?

– Con seguridad no pasa de los cuarenta y dos-, responde una voz de hombre.   – Apenas tendría unos diecisiete cuando la casaron.   No la culpo de lo que hizo: ella era apenas una niña y él andaba cerca de los cincuenta.

Sin darse cuenta, Mariana se ha apoyado en la mesa del teléfono, e inclinando la cabeza, deja caer los cabellos sobre la cara.   Una mano se apoya en su hombro, y la atrae hacia atrás.   Ella se deja llevar y mira a la rolliza negra que le pregunta:

– ¿Pasa algo?

– Un ligero mareo.   Ayúdame a llegar a la terraza.   Necesito tomar un poco de aire…   Por favor.

– Dios mío, Dios mío –dice con voz tenue y llorosa, – hazme a mí pagar el pecado y no toques a mi hijo…   Sólo yo soy culpable…   Sólo yo soy culpable…

En muchas ocasiones ha formulado la misma petición y nunca ha recibido respuesta.   Sin embargo espera.   No sabe qué; pero siente que algo debe suceder.   Algo divino que demuestre que su oración ha sido escuchada.

“Dios mío, quiero creer en ti.   Dame una muestra de tu bondad.   No quiero perder la fe…   Pero, cuantas veces he solicitado tu perdón has hecho caso omiso de mis palabras.   Cuando pedí que ocultaras a mi hijo el adulterio, te apresuraste a buscar quien se lo contara todo.   Cuando te rogué palabras para justificarme, pusiste un sello en mi boca.   Ahora… quiero creer en ti…”

Mariana espera largamente, no se da cuenta cuanto tiempo.   Está en un mundo en el que sólo cuentan el frío en la frente, el dolor de las rodillas contra los mosaicos y el esfuerzo de sus dedos crispados.

Deja caer su cuerpo y queda sentada en el suelo.   Comienza a llorar.   Siente que una vez más ha rogado en vano.

“… ¿Quién soy yo?”, se pregunta en un susurro, casi con el pensamiento.   “¿Quién soy yo para hacer daño a mi hijo?”

Y ahora su llanto se hace dulce, tranquilo; las lágrimas corren lentamente por sus mejillas, y el pecho se distiende rítmicamente.   En las habitaciones contiguas se acentúa el rumor.   Debe volver al lado de su esposo, quiere estar a su lado en los últimos momentos, y en fin, ¿a quién le importa su pasado…?   Sólo a su hijo.   Y él ha sabido perdonar y ser grande muy a pesar de lo sucedido.

Abre la puerta y recorre rápidamente con sus ojos todas las caras, que en este momento se dirigen hacia la habitación del enfermo.   Lo que miran con admiración es a su hijo que al fin ha llegado. Se encuentra inclinado sobre la cara del viejo.   Se siente orgullosa de él, y sonríe llena de alivio; pero poco dura esta satisfacción; la sirvienta negra ahoga un grito con su mano y todos se ponen de pie.

El viejo ha muerto.

 

Sobre el autor

Ivan García. Actor, dramaturgo y escritor dominicano. Ha publicado cuatro libros que recogen algunas de sus piezas: “Más Allá de la Búsqueda”, “Teatro Iván García Guerra”, “Andrómaca” y “Retratos de una Guerra”; más un libro de cuentos “La Guerra no es Para Nosotros”, y “Antología Narrativa”, que reúne treinta y un cuentos seleccionados de sus colecciones “Mientras el Alba no Llegaba”, “El Ocaso de Piscis”, “Cuentos de la Esperanza Escondida”, “Semana Santa”, “La Guerra No es Para Nosotros”, “Trilogía”, “Siglo Veinte” y “El Gran Cuento”, autobiografía en siete partes. También una obra alrededor de la historia dominicana: “Peregrinaje”, traducida al inglés y editada en ambos idiomas. Algunos de sus obras teatrales y sus cuentos han sido recogidos en antologías españolas, argentinas, mexicanas, venezolanas y alemanas. En la actualidad se encuentran en proceso de publicación sus libros: “Manual de Actuación”, “Manual de Dirección”, “Manual de Dramaturgia”, “Historia del Teatro Mundial”, “Historia del Teatro Dominicano”, “Historia Inferida de la Actuación”, un “Diccionario Enciclopédico del Teatro Dominicano”, una selección de nuevos textos para teatro, y “Teatro en Verso y Versos Teatrales”. También una antología poética: “Gritos y meditaciones’.