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©Por Glenda Galán

Wendy Guerra llegó recientemente a Miami para presentar su nuevo libro Domingo de revolución en el Centro Cultural Español. Allí la espera una multitud de personas de varias nacionalidades que desean escucharla y que hacen fila para que la autora les firme sus ejemplares.

Luego de compartir con el público, la escritora da algunas entrevistas hasta quedar exhausta, por lo que convenimos juntarnos en otra ocasión para conversar sobre esta novela donde Wendy cuenta la historia de Cleo, una joven poeta habanera que es tildada por la seguridad del estado como un arma de desestabilización creada por «el enemigo» que, según ellos, son los responsables de construir su éxito. Por otro lado, esta mujer de la que nos habla la autora, también tiene que lidiar con las sospechas de algunos intelectuales del exilio, para quienes es una infiltrada de la inteligencia cubana.

Pasado varios días nos reunimos en la librería Barnes & Noble de Sunset Mall, donde ella bebe un té frio sin azúcar y yo un café. Su mirada recorre todo el lugar en busca de unos papeles para hacer origami, hasta que su esbelta anatomía se acomoda en una de las sillas del establecimiento y damos inicio a nuestro diálogo.

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Sobre tu libro Todos se van, dijiste que el paisaje humano que se refleja en esa obra traza una geografía en diversas personas, no solo en los cubanos. ¿Sigues trazando esa geografía que trasciende a los cubanos en Domingo de revolución?

W: Bueno, yo creo que mientras existan personas que quieran acallar voces, pues donde quiera que existan. En el mundo árabe hay muchas mujeres, por ejemplo, que no pueden expresarse, me imagino que en Corea del Norte tiene que haber escritores que no pueden expresar lo que quieren decir, que no los pueden editar. La geografía humana es muy compleja, es muy diversa y en la medida que se acalle una voz es en la medida que puede surgir toda esta serie de signos, metalenguajes que llevan a esconder, en determinadas secciones, lo que uno necesita decir.

¿Qué significa para ti la palabra revolución?

W: Bueno, para mí significa lo que dice el diccionario, revolucionar, reevaluar, rebuscar, reencontrar, revalorar, pero realmente hay otra idea semántica en mi país. Un ideal semántico diferente que es enquistar, acallar, ocultar, protegerse, vivir en una plaza sitiada donde se supone que se esconde un enemigo que nos está disparando y nos estamos cuidando, no sé de qué. Como dije en el Centro Cultural Español, el día de la presentación del libro, estuvo ahí el enemigo y no pasó absolutamente nada. La gente adoró a Obama.

•¿Cómo tomaste la visita del presidente de los Estados Unidos a Cuba?

W: Nosotros no lo vimos mucho en la calle, porque no fue como cuando había visitas de presidentes del campo socialista que te hacían ir con banderitas a esperarlos. Obama llegó un día de lluvia, un día gris, trataron de poner mucha seguridad en las calles. No lo pudimos tocar, ni ver como somos los cubanos, pero realmente yo creo que, poco a poco, se fue colando en el corazón de la gente. El que lo vio dice que era extremadamente cálido. Yo no soy muy pro americana, de hecho, yo vengo mucho a Estados Unidos, respeto y quiero al pueblo americano, pero no soy una persona que viviría en Estados Unidos, porque el modo de vida americana no es mi estilo. Yo soy un poco más tropical, más europea. Pero creo que esa desmitificación que hubo del enemigo, de el deconstruir al enemigo, fue para nosotros muy importante. Además, es un hombre muy sensual, muy tropical, con ese tumbao que tiene caminando. Aparecerse en Cuba, donde la familia se ha deconstruído, con su familia, ver un estado de normalidad en un presidente, que tú conozcas a la esposa, no es el misterio ese que hemos tenido en Cuba que nadie sabe quién es la esposa de Fidel, ni de Raúl. Raúl sí, pero ahora no se sabe y Fidel por muchos años no supimos.

Fueron días de aires de transición, eso lo definiría.

•¿Te ha tocado enfrentar en algún momento el machismo en tu campo de trabajo en Cuba, a parte de todos los problemas que deben enfrentar a diario los cubanos, sin importar el sexo?

W: El machismo leninismo existe en Cuba, pero no es que un hombre te impida trabajar. Yo, por ejemplo, trabajé muchos años en la televisión y creo que hay cierta igualdad, porque tú puedes sentarte a presentar un programa con tus colegas. Los hombres cubanos suelen ser extremadamente amables. Los esposos cubanos han tenido que criar a sus hijos, pues las mujeres han estado de misión internacionalista y todas esas batallas en las que se ha enrolado la mujer. Pero sí creo que el establishment es machista, por eso yo lo llamo machismo leninismo. Si tú cierras los ojos no recuerdas, de ninguna manera, un ministro conocido que sea mujer. Si tú dijeras: Puede haber una presidenta en una transición después de Fidel y Raúl, te preguntarías: ¿Pero hay mujeres activas en la política cubana?. Dejo eso ahí. Con esa pregunta está respondida la tuya.

¿Qué ha significado para ti haber trabajado en los medios de comunicación en Cuba? ¿Cómo fue esa experiencia?

W: Yo nací solo diez años después que había triunfado la revolución, o sea, yo vi todavía, lejanamente, cosas que recordaban el capitalismo. Por tanto, yo conocí una televisión todavía equipada con equipos del capitalismo. Poco a poco iban llegando los equipos rusos, los equipos alemanes, los equipos del campo socialista y era monitoreada por el ministerio del interior y la revolución había destinado a militares a dirigir la televisión. El comandante Papito Serguera, que se supone que prohibió a los Beatles, tuvo problemas serios con la transmisión de canciones de Silvio Rodríguez y a la vez, también pertenecía al consejo de estado del poder popular, no pertenecía al ministerio de cultura. Era todo muy marcial.

Yo recuerdo que cuando Elián González estuvo aquí en Miami yo hacía un programa de televisión en vivo todos los días y me negaba a ir a las manifestaciones. Recuerdo a todos mis compañeros que hoy están aquí, en los noticiarios de Telemundo, del canal 41, diciéndome “¿Pero tú no vas a ir?, si el único programa infantil que hay para despertar a los niños cuando van al colegio es el tuyo”, porque a las seis de la tarde empezaba la mesa redonda sobre Elián, a la que iba Fidel todos los días y habían quitado los dibujos animados. Era un país con dos canales, pero por la mañana solo funcionaba uno, o sea, me veían todos los millones de habitantes que podían tener televisor. Todos los que se levantaban temprano estaban ahí y todos los niños de Cuba tenían, entonces, un solo programa, porque el de la tarde había sido expulsado de la televisión para, en su lugar, poner la política, la mesa redonda.

Estaba en el país en medio de un proceso que se llamó La batalla de ideas, que yo decía: veo la batalla, pero no veo las ideas. Era un país militarizado nuevamente, donde la estadía de Elián en Miami y su regreso a Cuba se veían como un tema de patria o muerte, con lo cuál, yo me sentía muy responsable de que estos niños tuvieran los únicos 25 minutos de dibujos animados, de cuentos y de fantasía, en un país donde solo había un canal de televisión y un solo programa con mi nombre. Sí me cambió la vida, porque fue el modo de tratar de pasar mensajes subliminales para que los niños y los padres supieran que había algo más que un país militarizado en función de un solo niño, sacrificando a todos los demás. Fueron años muy duros, pero me ayuda a escribir.

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•¿A parte de esto, recuerdas tu paso por la televisión con alegría?

W: No. Recibía cartas de niños cuyos padres habían muerto en el mar, balseros de los que no se sabía y ellos querían que yo dijera sus nombres para ver si alguien los veía por alguna costa. No lo podía decir en cámara. Tenía que hacer un cuento sobre un pescador y decir el nombre del padre. Fueron años en los que, también, mi madre estaba muriendo de Alzheimer, tenía que quedarme en un hospital e ir a trabajar y ser super fresca y diáfana. Hacía dos carreras universitarias a la vez. Estaba muy agotada, pero todo esto está debajo del iceberg de lo que yo escribo. Creo que debajo de lo que tú lees está esto. Está ser la dramaturgia de lo que no se podía decir, pero diciéndolo con metáfora. Todo eso está en una capa endeleble, allí.

•Me llama mucho la atención el hecho de que tu madre, a quién siempre mencionas, sufriera de Alzheimer y que su hija escriba desde pequeña memorias. ¿Te has puesto a pensar en esto? ¿Será esta la forma que tienes de preservar la memoria de tu generación?

W: Esto viene un poco más atrás. Mi país es un país que ha renunciado a la memoria. Es un país sin memoria. Un país que, de la entrada de Fidel a La Habana, tachó a Huber Matos, lo desapareció de la fotografía, lo borró de la memoria y de esa manera tan gráfica, también ha tachado a Cabrera Infante a Reinaldo Arenas y así, a miles de personas que han ayudado a fundar cosas con las que estamos y no estamos de acuerdo, pero la revolución entró en una etapa histórica en los años sesenta en el mundo y es una categoría dentro de la historia. Nos guste o no, existe. Entonces, en nombre de la revolución, se ha borrado la memoria.

Hay un archivo histórico cubano, del que espero que ellos no eliminen las partes que no convienen, pues yo creo que es importante reconstruir lo que ha pasado, porque para curar las heridas, primero hay que nombrar las heridas. Mi trabajo es, igual que el de Padura, por ejemplo, con el tema de la muerte de Trotsky, el asentamiento de una memoria doméstica, dramatúrgica y personal en un diario de vida que ayude a la reconstrucción histórica y al asentamiento del archivo histórico de un país que ha decidido transformar la memoria de lo personal, en colectiva.

Wendy, tuviste la oportunidad de compartir con el escritor Gabriel García Márquez, un referente de la literatura universal. ¿Qué de esa experiencia te marcó en el plano personal?

W: Yo creo que su naturalidad, él era brillante, pero creo que no lo sabía muy bien. Yo creo que le gustaba sobrevivir a esa fama. Le gustaba ir a cantar boleros, a escuchar el piano de una bolerista borracha o a una bolerista olvidada en los cafetines, ahí, en La Habana. Le gustaba escribir hasta las tres de la tarde desde las siete de la mañana, pero a la vez, tener largos almuerzos con amigos que llevaba tiempo sin ver. Le gustaba preguntarse si lo que escribió, en su memoria lo había inventado o lo había vivido. Le gustaba ser persona y no personaje. Le gustaba ponerse zapatos blancos y ser un poco cartagenero y un poco costeño. Le gustaba ser persona, no iba de diva por la vida. Tenía puntos débiles, la política por ejemplo, era su punto débil, pero tenía puntos muy fuertes como la creación sin límites. El espiral creativo él lo llevaba hasta el delirio, podía delirar y luego eso lo patentaba como un statement.

Me parece que Gabo fue un padre para mí, pero también para una generación de autores. Fue el hombre que nos ensenó a pensar como latinoamericanos, a no esconder los vasos de agua de los espíritus y a hablar con ellos y a ponernos de a cuerdo con nuestra natural condición. Si Borges escribía como un europeo, él escribía como un caribeño y eso nosotros no podemos repetirlo, pero podemos tenerlo en sangre. Podemos heredarlo como se hereda una fábrica o como se hereda una cadena de hoteles. Yo creo que yo heredé de él la cadena de hoteles de Macondo. He heredado de él su puñado de imaginería, que nos ha coronado y nos ha hecho los autores que somos.

¿Qué significado tiene para ti un aeropuerto?

W: Yo cuento en la primera novela, que es el Triángulo de las Bermudas, porque cuando yo me despedí de mi primer novio, que pidió asilo político, pensé que al volverlo a ver encontraría de nuevo a esa persona, pero no,  esa persona se desapareció en el “Triángulo de las Bermudas”. La persona que yo había amado se lo tragó el aeropuerto de La Habana. Cuando lo volví a ver, era un hombre con cirugías plásticas y con una visión del dinero y del arte muy conectadas, no estaba tan conectado a la creación y fue de un sufrimiento tremendo, o sea que el aeropuerto de La Habana sigue siendo el Triángulo de las Bermudas. Los jóvenes, las otras generaciones, lo han naturalizado y no se dejan conquistar por canones que no les pertenecen. Yo creo que están transformando esas visiones de diáspora y están haciendo del aeropuerto de La Habana una especie de doble vía. Eso va a permitir que no haya un extrañamiento con las despedidas.

En la novela Todos se van yo digo “tengo los brazos cansados de decir adiós”.

•Noto que expresas tu individualidad tanto en la moda como en lo que escribes, pues al leerte percibo que no tratas de complacer a nadie. Cuentas lo que quieres contar y como lo quieres contar. ¿Cómo fue ese proceso de descubrir y expresar tu individualidad en un país como Cuba, del que dices que se ha enfocado más en el colectivo?

W: Yo vivía en un apartamento con mi madre y luego en una casa cerca del mar, y yo pasaba mucho tiempo sola. Lo único que tenía claro era que yo era Wendy Guerra, porque no tenía familia, eso estaba muy claro. Tenía mi yo en una biblioteca donde habían tantos títulos y mi mamá exigía tanto de mí, tenía un programa de estudios que ella me preparaba, me decía “Si tu no quieres aprobar la escuela no la apruebes, pero esto sí lo tienes que aprobar porque lo que yo te estoy poniendo aquí lo tienes que leer”.

•O sea que tenías un programa de estudios a parte de la escuela.

W: Tenía ese programa de estudios con ella y era un modo de estar en paz domésticamente y yo tenía también un diario de vida, entonces yo creo que elegí seguir escribiendo el diario y seguir teniendo un programa de estudios que sigo teniendo, que ella me escribió para siempre, o sea, autores que me faltan por leer y caminos que me faltan por trillar.

Yo creo que la identidad en Cuba es algo muy específico porque nosotros no tuvimos la posibilidad de venir de los aborígenes, ya que los exterminaron a todos. Es una sociedad muy blanca que le ha costado mucho trabajo asumir que somos negros, también. Tuvimos una educación, antes y después de la revolución, muy eurocéntrica y estamos todos como endogámicamente tratando de bebernos a nosotros mismos sin aceptarnos, de alguna manera.

Así yo fui criada a nivel social, más el comunismo, el socialismo y todos los tabúes ideológicos y sexuales que en mi casa no había. Huyendo de este sándwich social y político yo encontré un camino con mi madre que era el de ser única, de ser yo misma y de traducir todos esos libros en mí.

La posibilidad de elegir en el individuo, yo creo que debería ser el derecho humano más importante. Yo tuve la posibilidad de elegir entre lo que la sociedad cubana me daba y lo que mi madre me daba, y yo me quedé con esto. De ahí yo hice una metasimbiosis y ahí está mi obra, en esa concepción de una opinión personal, con una narración personal, casi como un artista visual con una intervención personal en un mundo público, socialista y poco democrático, y ese camino, ese pequeño pasillo que me dejaron, es lo que estoy atravesando hacia la luz que debe ser, seguramente, la muerte del autor y la muerte del diario. En ese pasillo estoy, como en una especie de túnel donde hay mar, donde hay luz, pero hay otra luz que es la que guía.

•Los cambios en las sociedades casi nunca se dan instantáneamente, son procesos que llevan tiempo. En el caso de la Cuba de hoy, si pudieras cambiar algo instantáneamente, ¿Qué sería?

La libertad de expresión. Yo no creo que el partido comunista tenga que darme un espacio en el periódico del Partido Comunista. Ellos tienen la razón. Yo no pertenezco a las filas del Partido Comunista, ¿Por qué tendría yo que publicar en el Granma?, eso afectaría su plan, su manera de ver la vida, su manera de adoctrinamiento y su estigma. Yo creo que ellos hacen bien en no darme un espacio en el periódico Granma, ni en el canal seis, ni en el canal dos, pero yo necesito un espacio. No quiero el de ellos, quiero el propio. Ahí es donde empieza a operar la libertad de expresión.

Yo creo que ellos hacen bien en establecerse perennemente, pero ellos tienen que dar espacio a que haya otra persona que perennemente tenga esa otra alternativa. Yo no digo que un país no tenga la opción de tener el comunismo, el socialismo, lo que quieran, pero también hay una necesidad de personas como yo que no quiere pertenecer a ningún partido, pero que necesita un espacio en un periódico que no pertenezca a un órgano oficial, que sea alternativo. Entonces, si yo tuviera que salvar de toda esta transición, que no se ha suscitado, un elemento de vanguardia, sería la libertad de expresión, los espacios alternativos, para que ocurran estas publicaciones y estas expresiones que necesitamos de urgencia.

•¿Cuál fue el mayor reto al escribir Domingo de revolución?

W: No autocensurarme, paradójicamente. No mentirle al libro.

•Si asignáramos un color a este libro, ¿cuál sería?

W: Verde Olivo, porque Cleo, el personaje principal, está rodeada de verde olivo y está tratando de salir del verde olivo. Hay un texto de Jorge Perugorría en la película Volavérunt, dirigida por Bigas Luna y que trata sobre Goya, donde él le dice a la condesa “morir de verde veronés” y yo digo “morir de verde, verde olivo”.

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•¿Té o café?

W: Café. Fuerte, casi amargo. “Bueno para decir esto es la vida”, decía Eliseo Diego.

•¿Día o noche?

W: Noche.

•¿Para escribir también?

W:El día para escribir. La noche para estar conmigo misma y con el que tenga el valor de sumarse.

•¿Qué tres cosas te apasionan?

W: Tres cosas son muy pocas, pero escribir me apasiona grandemente, la intimidad me apasiona mucho y el mar también.

•Miami es

W: El pasado de todos los cubanos.

•¿En qué proyectos trabajas en estos momentos?

W: Estoy haciendo una novela donde los adolescentes tienen el protagonismo. Es una novela que quiero que la lean los adolescentes, pero es una novela con asuntos suficientemente graves como para que los adolescentes, a veces, no puedan leerla. Es una novela que pretende hablar de un último verano en la isla de tres primos que se van a separar por el exilio. De ese momento, el último verano de las despedidas cuando se reparten las cosas porque hay alguien que va a venir a vivir a Miami. Sucede en Cienfuegos, en una playa.

•¿Crees que algunos de tus últimos libros van a ser publicados algún día en Cuba?

No, no creo por ahora, pero creo que algún día, cuando esté viejita, me pondrán todas las medallas corriendo y publicarán los libros corriendo antes que me metan en una caja de muertos. Por asuntos biológicos me imagino que sí, pero me puedo morir mañana, antes que se muera toda la política actual cubana. Yo siempre digo que los escritores cubanos que han hablado mal del gobierno de Fidel Castro y que quieren que Fidel Castro y el gobierno cubano se extingan para ellos publicar, se mueren primero. Así que eso me da un poco de yuyu, estar diciendo esas cosas. Pero yo creo que antes de morir, sea cuando sea, podré publicar, si Dios quiere.

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Wendy Guerra (La Habana, Cuba, 1970) es graduada de Dirección de Cine en el Instituto Superior de Arte y fue alumna de Gabriel García Márquez en su taller de guiones «Cómo contar un cuento», impartido en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Trabajó desde su infancia como actriz de televisión y cine. Ha publicado las novelas Todos se van (Bruguera, 2006), Nunca fui primera dama (Bruguera, 2008) y Posar desnuda en La Habana (Alfaguara, 2011), y los libros de poesía Platea a oscurasCabeza rapada y Ropa interior (Bruguera, 2009). Ganadora del Premio Bruguera 2006 y del Carbet des Lycéens 2009. En 2010 fue nombrada Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres de la República francesa. En 2012, su novela Todos se van, traducida al inglés como Everyone Leaves y publicada en los Estados Unidos, fue seleccionada por la revista Latina como uno de los nueve mejores libros del año escrito por un autor latino. Su obra narrativa ha sido traducida a trece lenguas pero no se encuentra editada en su país.