perro

Por Bernardo Jurado 

MI PERRO ES EL JEFE De un Capitán de Navío, se espera al menos un Mastín, un Gran Danés, un Pastor Alemán o tal vez un Dogo Argentino de anchas espaldas y trescientas libras de presión en las mandíbulas que haga pensar dos veces a los merodeadores antes de optar por entrar a mi casa, pero yo no.

Con vergüenza lo saco a hacer caca dos veces al día y la recojo con esa bolsa reciclable color verde, so pena de pagar una multa de hasta $250.

En materia de inteligencia y de acuerdo a los veterinarios de la familia, se encuentran punteando la lista el Pastor y el Puddle y el segundo de los nombrados es el caso.

Mi esposa y yo, lo adoptamos con diez anos de edad y con todos sus vicios y llegó a casa y se adueñó de mi ropa interior y trató sin éxito de establecer sus reglas y yo me impuse y puse orden y por ello me odia y la manipula a ella.

Creo que ambos murmuran de mí y se quejan de mis abusos, porque si como legítimo dueño de mi casa, fuera yo quien orinara en el piso de madera, creo que el hogar estaría al punto del colapso, pero el no, a él le limpian el orine y desinfectan la deposición y asumen por su avanzada edad que eso es lo lógico.

Posee un horario de alto ejecutivo en aquello de cuidar la casa y no se molesta fuera de ese horario. A veces y por no dejar ladra, pero acostado cómodamente en su acolchada cama que compré yo. En estos días le dije, mirándole a los ojos, que mi esposa no era su madre y el me miró diciéndome que el que no era su padre era yo.

El sexo fuera de mi habitación está suprimido, porque nos mira, yo me achico, ella se avergüenza y él me dice con su actitud acusadora que lo suponía, pero que ahora tiene pruebas. He llegado a pensar que se toma mi whisky y que ha probado los demás licores de la alacena y no se a quien acudir para hacerle al menos una prueba de consumo de cocaína.

Compramos esa cara alfombra que pusimos bajo los muebles del comedor, en esa exclusiva tienda que huele a éxito, para que él se acueste, pero la mayor vergüenza es cuando vamos al veterinario y en presencia de todos le llaman a consulta, por su desafortunado nombre Cotufa y le agregan mi apellido.

Me corto el cabello en Hair cutery, por el modesto precio de $15, pero por él pago $40 y a domicilio y viene ese inmenso camión con aire acondicionado, le cortan las unas y se las liman, el cabello, lo bañan y secan, lo peinan y perfuman y yo allí, listo para pagar por el mantenimiento del delincuente. Por su avanzada edad ingiere comida especial para ancianos, es blanda y envasada al vacío en porciones medidas y está seguro que a mi me gusta, porque no puedo acercarme a ella. Nosotros no adoptamos a Cotufa. ¡Él nos adoptó a nosotros!

Más escritos del autor: http://escritosdebernardojurado.blogspot.com

 

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