mar6

Por Bernardo Jurado
 
De esas noches que no comprendemos, pero que sabemos estar crispados, madrugada en la Guaira, en el muelle November uno y yo estaba bajo la tutoría del Capitán, compañero y leal amigo Francisco Cantón, recibiendo y entrenándome en ese tipo de buques.
 
Francisco es uno de esos Comandantes que logró con sobrado éxito, esa línea media entre la disciplina y el cariño de sus tripulantes.
 
Todos respondían a las órdenes con esa cortante inmediatez de los nervios y ya el inmenso buque había despegado su popa y se encontraba con toda su imparable energía cinética, dando atrás, era una ciudad en movimiento y sin frenos.
 
Tal vez el cansancio, el trasnocho de todos, el riesgo que implica maniobrar esos buques viejos en espacios tan pequeños, nos tenía nerviosos.
 
En baja voz comencé a describirlo: el casco es impolutamente blanco y esa línea doble en color azul que lo estiliza de proa a popa. Una vela mayor y un foque es lo único que necesita, aunque a veces he sacado el spinniker (vela de balón), cuando tengo el viento por popa, pero es demasiado engorrosa, cuando estoy navegando solo.
 
Todos fueron bajando la voz y prestando atención y el “Capana” seguía dando atrás muy lentamente en aquella noche.
 
Al entrar y por estribor, toda una pared de espejos donde guardo los licores y por babor en la misma área social tengo esa pequeña biblioteca, con mi compás, el sextante que compré en Norfolk, mis libros, algunas cartas de navegación, pero especialmente el Dutton Navigation and Pilot, las tablas HO, para los cálculos estelares, el derrotero de las costas venezolanas…y todos oyendo y yo viendo el horizonte, como si estuviese solo.
 
Mi cama en forma de “V”, (porque la proa obliga a esa forma) y donde se han llevado a cabo exitosas batallas carnales, es más bien blanda, pero sumamente cómoda y al estar en proa mi camarote, el buque en su natural cabeceo arrulla mi sueño.
 
Ya nadie hablaba con prisa, las órdenes de Francisco se cumplían profesionalmente, el inmenso monstruo se hacía a la mar y allí todos nos sentimos más seguros, en la inmensidad, porque así somos los marineros, extraños seres, beduinos de los espacios del planeta.
 
El segundo Comandante, como más caracterizado y con esa tácita potestad de preguntar, en nombre de los oficiales, me interpela, porque ya la situación de curiosidad era inaguantable: y en que puerto lo tiene?
 
Francisco que sabía la treta, mira hacia el cielo, como quien dice: ”otro más que cae en la trampa” y yo por única respuesta pongo el dedo índice de la mano derecha sobre la cien. Lo tengo aquí, en la cabeza!
Resulta que años después, estuve a punto de comprarlo en el boat show en Miami, exactamente como lo describí esa noche de navegación y estima. Cuesta mucho menos que mi carro y el crédito es muy cómodo de pagar, pero ahora lo que no tengo es la voluntad de someterme a la rudeza de la vida en la mar, ya no tengo las noches de la Guaira, ni tripulación a quien contarle mis cuentos.
 
Mas escritos del escritor en:
 
fernando-jurado1