Por Glenda Galán.                                                    Ilustración: Jennie Santos

 

El Ojo enardecido era premonitor del espanto. Su proximidad alcoholizada, el preámbulo de la densa tarde que me esperaba.

Cursaba el segundo año en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde me había inscrito a escondidas de mis padres. Durante dos años recibí en sus aulas las clases de dibujo que, para mis padres, eran una “pérdida de tiempo”. Mentira, para ellos todo lo ligado al arte tenía el potencial de sacar mi fogaraté, y ambos tenían en mente a una hija médico o abogada recatada, plus ama de casa y esposa devota. Resultado: Profesional rescatada por el arte y esposa escritora.

Lo primero que quise ser fue bailarina, pero, mi madre, sabiendo la “candelita” que había parido, me visualizaba dando golpes de barriga en algún night club capitalino, —cual Iris Chacón—, ¡qué horror para ella!

Claro, ni unas zapatillas de ballet de juguete me salieron y  la Barbie bailarina se la dejó el Niño Jesús a mi hermana. El Ken me tocó a mí, junto a unos jueguetitos de cocina. Aproveché cualquier descuido de ella para jugar a escondidas con su muñeca, poniéndola a bailar hasta cansarnos en su base giratoria. En el descanso, la entretenía besuqueando a Ken (qué rubio más desabrido, por cierto).

Ni la música ni el baile se me dieron, sin embargo, la pintura sí. Durante dos años tomé carros públicos con el fin de llegar a las clases de arte sin ser descubierta. Fue allí  donde el Ojo comenzó a rondarme con una actitud cada vez más extraña.

“Debes dar más sombra aquí, difuminar allá” —me aconsejaba—, dejando caer su mirada desorbitada sobre la línea de mi incipiente busto. A pesar de mi instinto, yo trataba de justificar esa violación a mi espacio personal con un: “Son cosas mías, no puede ser que él se comporte indebidamente en el aula”.  Pero las percepciones en este sentido difícilmente resultan erróneas.

El día de confirmar mi corazonada llegó un día en que  dibujábamos el modelo asignado para esa sesión: un torso femenino con hermosas curvas, que se desajustaron en mi papel justo cuando el Ojo se posó sobre mi cintura. Recuerdo, como hoy, aquel animal jadeante, pero sobre todo, la música de horror ejecutada por apresurados latidos que querían romperme el pecho. Definitivamente, no eran “cosas mías”.

Al salir de clase, el Ojo me persiguió por la zona colonial, sin decir palabra. Aturdida y asustada, caminé hacia la calle El Conde, que me era bastante familiar, pues había crecido entre sus tiendas, gracias al trabajo de mi madre. Confiaba en poder  esquivarlo, pero mi corazón corría más rápido que mis pies. Solo una vez miré hacia atrás y esa vez  bastó para estremecerme.

Entré a una de las tiendas, el Ojo también entró. Salí por otra puerta; el Ojo también salió. Su mirada era una presencia que enrarecía el aire, en medio del gentío circulante en esa zona comercial. Los papeles enrollados que portaba mi mano izquierda se estropeaban con el sudor que me corría como río crecido.

Al entrar a la tercera tienda me encontré con un amigo de mi padre quien, sin saberlo, me salvó del Ojo  al entablar conversación conmigo. Cuando terminamos la plática él me acompañó a la salida. De nuevo en la calle, las piernas me temblaban a su antojo, hasta percatarme de que el Ojo se había esfumado. Aquel era un baile para el que nunca se está preparada.

Ese día terminó mi paso por la Escuela de Bellas Artes. Desde entonces, las pesadillas me visitan. En cada una se esconde un ojo que me observa, me persigue y a veces casi me atrapa.