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Luego de pasar un largo tramo de la US 1, La Capullana se exhibe entre sembradíos y solares extensamente vírgenes. En esa hacienda me encontraría con Gloria para verla montar a caballo y que me explicara un poco sobre su pasión amazónica.

Siguiendo las instrucciones del GPS llego a una casa de piedras grises y, parqueándome en la propiedad, le hago una llamada a mi amiga.

-Gloria, ya estoy aquí, es una casa de piedras, ¿verdad?

-Sí esa misma, llego en menos de 5 minutos.

-OK, aquí nos vemos.

No había colgado el celular cuando veo a una mujer rubia y bajita acercarse con dos perros negros y gigantes. Pensé en correr ante la aparición de aquel trío atemorizante, pero no lo hice, la curiosidad era más fuerte que el miedo y si Gloria me había asegurado que esa era la casa así debía ser, pues no había otra por esos lares.

-Disculpe, ¿quién es usted?

-Hola, soy amiga de Gloria.

Perro dando vueltas a mi alrededor, perro sentado a mi lado haciendo ruido de pocos amigos, mujer parada con una mano en la cintura dispuesta a atacar.

-Ah, es que a la finca se entra por la puerta de atrás, debe dar la vuelta. Yo la llevo, voy con usted en el carro.

En ese momento la veleta-gallo, que contra el cielo coronaba la hacienda, hace un chirrido como si me confirmara  que ando extraviada. No conforme con el susto que me ha dado, la aparición rubia y menuda, se monta en mi carro y me guía hasta La Capullana, versión terreno con caballos. En menos de medio minutos atravesamos un  gran portón que daba acceso a un hermoso terreno con establo y BBQ.

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-Aquí es.

-Gracias por traerme, le digo a la señora que desaparece cuando doy la vuelta para ver a los caballos que pasean por el lugar. Pero lo peor no había pasado, ni lo mejor tampoco. A los pocos segundos de aterrizar, me percato de que unas treinta personas me observan de la misma manera que yo los observo. Hablo de esa mirada de “¿quién rayos es esta-estos?”. No había una cara conocida allí, pero esa era la hacienda, no había dudas.

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Pasados unos 6 minutos, Gloria llega hermosamente vestida de blanco, sombrerocrema, botasmarrones. Yo botasnegras, sombrerocrema, jeans y camisa de cuadros,  la saludo y no espero a que me devuelva el hola.

-Oye Gloria, ¿quienes son estas personas?

-No sé, responde.

Ahí me preocupo un poco, hasta que me dice:

-Ellos son amigos de mi amigo peruano, que también monta con nosotros aquí, creo que él los invitó para celebrar el cumpleaños de su hermana o de una amiga, no estoy segura. Aquí venimos varios amigos a montar y tenemos nuestros caballos en estos establos.

Ahí entiendo un poco la menéutica del asado que huele exquisito y que tendré que ganarme de manera insospechada unas horas más tarde.

Gloria procede a darme un tour por las instalaciones de la hacienda y me presenta a las yeguas nombre a nombre aunque, ante mis ojos, muchas de ellas son idénticas. Los establos nos sorprenden con un bello potro que se deja acariciar y con heno que se posa en todas partes, contrarrestando un poco el olor a animal vivo. Al finalizar el recorrido me presenta a su amada Presumida, la yegua más oscura de toda la hacienda y para mí, la más hermosa.

Presumida se acerca a nosotras imponente y, con paso peruano, se come una de las galletas que Gloria le tiene reservada y luego se come una de mi bolsillo, que la misma Gloria había plantado en mi bolsillo trasero para hacerme una broma. No le temo a Presumida, es demasiado hermosa para atemorizarme, más bien le tengo respeto a su color café-músculo y a ese pelo negro que hace contraste con sus manchas blancas. Donde la cosa se pone un poco difícil, para alguien que no sabe de caballos, como yo, es cuando otra de las yeguas advierte que hay galletas de por medio y se acerca a buscar chisme “que a mi no me dieron, que me toca la mía, que a Presumida siempre le dan todo porque es la más linda”. En ese rebulú de celos una se encuentra entre 8 patas que, si te pones detrás, te patean sin mucho miramiento.

Monalisa también miraba detrás de la cerca blanca, loca por opinar, pero se conformaba con morder parte de la madera que la separaba de las dos Yeguas que discutían por galletas con Gloria. Yo me alejaba chin a chin de la disputa resguardándome de un toma que dame,  así llegué a la mesa de picnic donde me esperaba una Corona y unas naranjas que amablemente me brindaron las personas que disfrutaban de la fiesta de cumpleaños.

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A esa hora de la tarde (ni 12, ni 5) la brisa en la Capullana estaba deliciosa y diligente y cada dos segundos traía desde el BBQ el olor bendito del almuerzo. Los árboles en música de campo hacían coro con las yeguas que, de vez en cuando, también cantaban. Así pude haberme pasado toda la tarde en aquel lugar lleno de verde y de estiércol, lleno de gente alegre que, de un momento a otro, empezaron a colocar sillas plásticas al borde de la mesa del picnic. Gloria me dijo que no sabía de qué se trataba, cuando le pregunté por los globos rojos que empezaron a inflar, pero una de las integrantes de la fiesta de cumpleaños se nos acercó y pronto descubrirí de qué se trataba.

-Quisiéramos que se unan a la próxima dinámica que tenemos preparada para el grupo.

-Gracias, empiecen que vamos ahora, contesté buscando cómo zafarme del compromiso sin caer pesada, ya que los dinámicos eran bastante amables y el BB-Q que preparaban olía buenísimo.

Gloria aprovecha y dice “voy al baño, vengo ahora”, dejándome en un círculo con gente que se tira un globo mientras comparte su nombre. Cuando digo “Glenda”, proceden a bailar en parejas haciendo otra dinámica en la que explotan más globos. La gente ríe, corre y salta. “Y ahora hagan lo que yo les diga”, ordena la mujer que nos invitó a la dinámica que se habían convertido en varias dinámicas. “Mano arriba, mano abajo, vuelta y vuelta”. Yo, en medio del brinco sin levantar nada, ni saber qué carajo hago allí. Un mimo se une a la fiesta y hace de las suyas luego de que todos degustan el sabroso almuerzo servido en platos decorados con hojas de plátano y acompañado de una cerveza peruana bien dulce. Ahí reaparece Gloria.

-Qué puntería la tuya de irte justamente en las dinámicas, le digo a punto de ajorcarla. Ella responde cual amazona:

-Chama, es que tenía que ir, pero ya estoy aquí. Vamos a los caballos.

La perdono porque la he pasado muy bien en ese hermoso lugar, a pesar de la escapada que tuve que darme de la dinámica(s).

Pasadas las cinco de la tarde, el sol va cayendo y un grupo de personas, que no tienen que ver nada con la fiesta de cumpleaños-dinámica-dalepabajo-subemano-bailaybaila, proceden a ensillar las yeguas para montarlas. Los animales  se quedan tranquilos mientras las cepillan y colocan enseres sobre sus lomos, pero Presumida se resiste, al igual que yo con las dinámicas, solo que a ella logran ensillarla.

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