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Por Juan Dicent

Yo fumaba mirando un cielo sin luna y sin estrellas, con nubes gordas que, estreñidas, no lluvia, haciendo este calor más insoportable; este calor que te deja el cuerpo con picazón, con ronchas; este calor que no te deja dormir; este calor de agosto capaz de incrementar divorcios. Estaba oscuro, creí ver en los tanques de basura una figura, pensé es un cajón de plátanos podridos jugándome una broma óptica como la mendiga de Baudelaire, pensé es un anónimo perro khaki lambiendo un envase foam, pero no, la figura me pidió un cigarrillo desde la oscuridad.

Me acerqué, cuando mis ojos se acostumbraron a la pestilencia pude ver a un hombre cuyas ropas no anunciaban la mendicidad, cuyos zapatos, aunque pasados de moda, mostraban el cuidado de alguien cuerdo. Recordé que el guachimán me dijo ahí siempre viene un loco a bucá en la basura pero él vive en esa casa de la equina con su mamá un hombre etudiao que parece que se volvió loco de tanto leé.

¿Y cómo usted se llama?, me preguntó sin dejar de hurgar en la basura con unos guantes estériles. Juan, le contesté. Ah, qué coincidencia, mi nombre es Juan también, me dijo. Mire eso, usted ve este frasco de pastillas, cafinitrina, parece que en su edificio alguien está sufriendo del corazón. Y otra cosa, botan el cornflake casi entero, debe ser porque es salado, a mí tampoco me gusta el cornflake salado, me gusta el que es de chocolate con marshmallow. Y otra cosa, hay un niño recién nacido, la caja de pampers dice de 0 a 3 meses, qué disparate, yo pensaba que un niño de 0 meses de edad era un feto. Y otra cosa, alguien despechado tomó una tijera y mutiló un álbum de fotos. Y otra cosa, también hay gatos.

Parece que va a llover, le dije para mantener mi parte en la conversación. Sí, las cosas elementales son poderosas, me dijo. El hombre cree que domina al agua, hace tuberías debajo de la tierra, crea llaves que la dejan salir para ser utilizada a capricho, pero un buen día el agua se cansa y empieza a caer y a caer y a caer y desborda ríos y mares ahogando hombres y animales por igual, y no estoy hablando del diluvio, que Noé, si algo era, era un borracho. Y otra cosa, la tierra. El hombre se cansa de maltratarla, como un policía a su mujer, la golpea, la abre, la hiere, la mezcla con cal, con cemento, levanta paredes, murallas, construye edificios y un buen día esta relación termina con él enterrado en ella.

Enciendo su cigarrillo, en sus ojos, además de la demencia, se asomaba algo más. Y otra cosa, el fuego, me dijo. El hombre cree que es su amo. Fíjese, ahí lo tiene usted encerrado en ese tubito plástico, como a un genio que cuando sea libre asesinará a su libertador. Imagínese el poder del fuego, que usted es un doctor graduado en la UASD con excelentes notas, después hace su especialidad en cirugía cardiovascular, en Nueva York, allí se casa con una mujer preciosa que decide dejar la nieve para seguirlo a su isla en el Caribe porque usted obtuvo un buen trabajo en una clínica nueva, además su clientela crece día a día, y un buen día usted está operando a corazón abierto a un señor muy rico y muy viejo y la operación es un éxito cuando un amigo suyo lo va a buscar al quirófano y le dice que usted tiene que ir a su casa inmediatamente y cuando usted llega a su casa sólo encuentra bomberos que evitan mirarlo, humo y escombros, el fuego, mi amigo, lo ha devorado todo, ha devorado sus diplomas que lo acreditan de doctor, de cardiólogo, que no dejaban que sus manos temblaran cuando agarraban un bisturí. ¿Usted sabe lo parecido que es un escritorio de caoba centenaria, digamos, con el cuerpo de una mujer de 35 años cuando ambos han sido calcinados por el fuego? ¿Usted sabe lo parecido que son, pongo por caso, dos floreros de barro, donde su esposa colocaba girasoles gigantes, con los cuerpos de dos niños gemelos cuando todos han sido calcinados por las llamas? Se parecen mucho, se parecen mucho, mi amigo. Bueno, ha sido un placer hablar con usted, debo ir a lavarme las manos para cenar. Sí, el fuego es una cosa poderosa, dijo quitándose los guantes, y se marchó murmurando algo mientras miraba el ascua del cigarrillo.

 

 

Juan Dicent