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por GG

Santo Domingo es una ciudad de contrastes y calles casi tan antiguas como el descubrimiento de América. Es un lugar de olores que se mezclan con las cocinas improvisadas de los que trabajan en la construcción, acostumbrados a desayunar espagueti en salsa roja mientras piropean a toda mujer que les pasa por el lado.

Las guáguas de transporte público con mensajes religiosos tatuados en sus vidrios, las escobas formando bellas instalaciones en los parques, es la capital dominicana una mezcla de casas coloniales, art deco y elevadas torres que desafían el firmamento mientras comparten calle con casas, locales comerciales y restaurantes.

 

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Dar una vuelta por Santo Domingo es comprobar una bulla visual de elementos arquitectónicos donde la paja en el techo de un restaurante asiático contrasta con la modernidad de un local de oficina contíguo y donde los peatones tienen que tirarse a las calles porque el frutero ha acaparado la acera que compró con su título de padre de familia, al igual que los animales al volante de los caros públicos.

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Pasear por Santo Domingo ofrece la ventaja de que puedes ver miles de cosas que pasan al mismo tiempo en cada calle que transitas; desde los perros viralatas, las construcciones, el chinero, el amolador o los colmadones con su música estruendosa, hasta la mesa de dominó en la esquina, las casas antíguas, el mar o al señor de zapatos blancos bailando en medio del tráfico.

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Donde la cosa se pone romántica es en un recorrido por la Zona Colonial, con sus farolillos de luces amarillas provocando que el amor vuele por los aires, mientras se casan  varias parejas al mismo tiempo en las diferentes iglesias del vecindario; que son una joya de la arquitectura de tiempos donde no existían los automóviles. Esos que ahora deben esperar por largos minutos a que se descongestionen las diminutas callecitas para poder ir de una esquina a otra.

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Los bares de esta zona Colonial llenos de artistas y aspirantes a artistas, los teatritos, hotelitos y restaurantes son un sello que distingue esta parte de la ciudad donde los pisos con bellos diseños se dejan ver mientras pasas por sus calles.

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Definitivamente el paisaje capitaleño de RD no sería el mismo sin la fila de carros en la barra Payán en espera de un derretido de queso, sin el malecón más hermoso que existe frente al mar caribe, sin los vendedores de perritos o repuestos robados de carros, sin los restaurantes llenos de gente linda y aun paso de que les asalten al salir de la Gustavo Mejía Ricart, en Piantini, Naco o zonas aledaña, sin sus techos decorados con tinacos y sobre todo sin la sonrisa de la gente más  amistosa y chiva que existe en América.

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