humo

Por Jimmy Valdez

Usted viene a mi casa, toca la puerta, le abro. Usted dice algo y yo siempre le escucho. Igual pasa al aposento, mira en rededor, se sienta. Yo le ofrezco un libro, un café, la anilina. ¿Sigue solo? pregunta. Sigo solo, respondo… Lengua manca, reloj de arena, arrabal en los costados, míseras insignias en el reino de este mundo.  ¿Cortázar o Alejo?… Comala, para variar. Otra vez sus ojos, enmarcados allí  como cristales. Quiero… Le acompaño…  y saca un cigarrillo, lo sube a su boca, busco con urgencia un encendedor, jamás encuentro uno cuando lo necesito.  Ya sus pies reposan sobre el cajón; no hay mesita de té en mi casa… Están impregnados de licor, bosteza… Entonces paso, tengo prohibido los excesos… Ni una sonrisa, ni una mueca; hoy definitivamente no es su día.  ¿Tiene algo para mí? presume. Presume usted mal, confieso. Tira su primer bocado, mueve sus manos, siempre estoy nervioso cuando visita. Veamos…  yo veo. Desabrocha su falda, pide que se la hale, que le quite la blusa, el sostén; lleva medio cigarrillo en el consumo. ¿Cuántas cicatrices tengo?… mostrándome la espalda. Señalo cuatro más de significativo tamaño. ¿Son recientes? admito que sí, quedando aquel silencio tan desnudo… Pues lo que importa es que desaparezcan pronto… Igual yo tomando como apunte hora, fecha y lugar; por lo general soy hombre solo. Dan risa tus obligaciones… He tratado de enmendarlo, usted lo sabe… Dormiré en este mueble; de golpe me doy cuenta que ha venido a quedarse.    No ponga esa cara, no sea absurdo. Y entonces se sonríe como una madre guiñando desde una escalinata el adiós. Usted viene a mi casa, desde siempre, repitiendo el mismo amanecer de retornos. Nada es para siempre… levantándose del mueble. Como locos jugamos a querernos.