Por GG

El ojo enardecido era premonitor del espanto. Su proximidad alcoholizada, el preámbulo de la intensa tarde que me esperaba.
Cursaba el segundo año en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde me había inscrito a escondidas de mis padres. Durante dos años recibí, en sus aulas, las clases de dibujo que, para mami y papi, eran una “perdida de tiempo”. Mentira, para ellos todo lo que estuviera ligado al arte tenía el potencial de sacar la parte “puta” que pudiera asomarse a mí, y ambos tenían en mente el futuro de una hija médico o abogada recatada, combinado con el de ama de casa y esposa devota. Resultado: Profesional rescatada por el arte y esposa escritora.
Lo primero que quise ser  fue bailarina pero, mi madre, sabiendo la candelilla que había parido, me visualizaba dando golpes de barriga algún night  club capitalino, cual Iris Chacón ¡qué terror!
Claro, que ni unas zapatillas de ballet de juguete me salieron, y la Barbie bailarina se la dejó el Niño Jesús a mi hermana, dejándome el Ken a mí. Aproveché, entonces, para jugar a escondidas con la muñeca, poniéndola a bailar en su base de vueltas hasta cansarla y en el descanso, la entretenía besuqueando a Ken (qué rubio más desabrido).
Pero, ¡joder! ¿qué esperas tener de hija si, desde que nace, la expones a escuchar música clásica, diariamente, para que se le afine el oido?
La música, ni el baile se me dieron, pero la pintura sí.

Durante dos años tomé el transporte público para llegar a la clase de arte, sin que me descubrieran, toda una osadía mis catorce años. El ojo siempre me abordaba con una actitud extraña. “Creo que debes dar más sombra aquí” me aconsejaba, mientras dejaba caer su mirada desorbitada sobre la línea de mi incipiente busto. Yo trataba de justificar esa violación a mi espacio vital: “Son cosas mías, no puede ser que él se comporte indebidamente en el aula”.  Pero las percepciones, en este sentido, difícilmente resultan erróneas.

El día de confirmar mi corazonada llegó. Dibujábamos el modelo que nos habían asignado para esa sesión. Un busto femenino con hermosas curvas, que se desajustaron en mi papel cuando, el el ojo se posó sobre mi cintura. Recuerdo, como hoy, aquel animal jadeante pero, sobre todo,  la música de horror ejecutada por latidos que querían romperme el pecho. definitivamente, no eran “cosas mías”.

Al terminar la clase, el ojo me persiguió por la zona colonial, sin decir palabra. Aturdida y asustada, caminé en busca de la calle El Conde, que me era bastante familiar, pues yo había crecido entre sus tiendas.

A pesar de que confiaba en que podría esquivar el ojo, mi corazón funcionaba con más rapidez que mis pies. Solo una vez miré hacia atrás y esa vez bastó para estremecerme.

Entré a una de las tiendas, el ojo también entró. Salí por otra de las puertas de esa tienda y el ojo también salió. Su mirada era lo único que podía percibir, en medio del gentío que circulaba por esa zona comercial, mientras que los papeles enrollados que llevaba en la mano izquierda, se estropeaban con el sudor que emanaba de ella.

Al entrar a la tercera tienda me encontré con un amigo de mi padre que, sin saberlo, me salvó del ojo perseguidor. Cuando terminamos de conversar él me acompañó a la salida.

De nuevo en la calle, las piernas me temblaban a su antojo, hasta que me percaté que el ojo se había esfumado. Ese día terminó mi paso por la Escuela de Bellas Artes y empezaron las pesadillas donde vive aquel ojo que aún me persigue.