Por GG

No importa si te acabas de casar, si cambias de país, de provincia, de trabajo, de amante o de deseo de estar en un lugar. Ni siquiera si escapas de casa de tus padres y un viejo de 60 años te muda en la suya, en un campo cualquiera de República dominicana; toda mudanza es un traque.

Esta mañana, tras una danza de muebles, poco sincronizada, el apartamento quedó convertido en un monstruoso escenario. Yo quedé echada sobre una alfombra cogiendo cuerda, luego de darme cuenta que  la mesa del recibidor se habría visto mucho mejor en la esquina del comedor donde ahora espera para ser desmantelada. Muy tarde para redecoraciones.

¿La compañía contratada para llevarse trastos y trapos? Two Men & a Truck, ¿la realidad? ocho hombres fornidos dentro de un espacio bastante limitado y dos camiones ¡Estos hombres y sus mentiras!

En este proceso el banco de la entrada pierde sus cojines, y estos, a su vez, se aglutinan en varias cajas de cartón kaki. Los sofás van dejando su huella en los muros, los floreros, sin rosas amarillas, se visten de papel de estraza como si se abrigaran ante el inminente invierno y los hombres que conducirán todos estos objetos hacia su nuevo destino, entran y salen atravesando recuerdos, sonrisas y palabras transparentes.

Las tazas, los platos y los cubiertos abandonan las gavetas y gabinetes de la cocina y voy descubriendo que he botado a la basura par de tenedores que ya no podrán acompañarme en la nueva aventura.

-Can these boxes be closed?

-Yes

Las sillas del comedor se van desprendiendo, una a una, de la mesa que ha sido reducida a cuatro patas que bailan lejos del tablón que sostenía las recetas caseras, las sobremesas y los postres.

Plástico con bolitas para empacar en mis manos, tac, tic, tac.

El baño se desviste de potes de Shampo, jabones, velas, aceite de coco y maquillajes. La ropa blanca se acurruca sin distinguir quién es toalla y quién es sábana. Tape y cierra caja.

La lámpara de mesa comparte espacio con unos frascos de pastillas que fueron encontrados junto a ella en la recámara y la cama sin colchón es ahora un cadáver que hay que bajar desde el piso 29.

-Watch out for that corner of the bed!

Duele bastante dejar las cicatrices de crecimiento en el marcos de la puerta de la habitación de mi hija, como también es triste despedirse de la vecina del 28 que venía con sus hijas a vendernos galletitas, pro recaudación de fondos, para alguna causa noble. Era imposible no comprarles a esas dulzuras de 5 y 7 años que me miraban con fe en que les respondería afirmativamente a su requerimiento de un dolar por galleta. Voy a extrañarlas más que a las galletas.

Siguiendo en esa onda melancursi, tipo Journey, el closet sin mis zapatos ya no es el mismo. Ha palidecido irremediablemente dejando una estela de polvo y peluzas que flotan en el aire ¡ El Zyrtec viene seguro!

“There’s a place to be, won’t you stay with me, you can help us see, here we are”.

Las pijamas sexis también lo han abandonado y se mezclan con los t-shirts de más de cinco años de uso que son, sin lugar a dudas, la comodidad hecha harapo. Sobre ellas los aretes y collares echan una pavita y sueñan con los libros que se escabullen del librero como barquitos de papel en la orilla de un río.

 

Así se va vaciando de años este espacio y se van llenando las cajas con segundos vividos frente al mar. Así, a pesar de haber recogido meticulosamente y de limpiar la propiedad hasta dejarla con eco, siempre hay algo que esquiva las mudanzas, algo que no puedes empacar porque traspasaría los cartones y volvería a situarse donde los nuevos inquilinos construirán algo que ellos, también, tendrán que dejar un día entre estas paredes que ahora necesitan ser repintadas.

¿Qué decir de los espejos?

Andan retratando cada movimiento, cada mechón de mi cabello descompuesto,  cada empujada de objeto, cada vaso de agua que se consume en medio de la faena y se hacen cada vez más aburridos a medida que se desnudan los muros y los pisos ¡Cuántos hoyos han dejado los clavos!