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15-dias-en-nyPor Glenda Galán

¿Cómo rehabilitarnos entonces si a lo mejor no hemos recaído todavía?

Julio Cortázar

 

Al salir del tren el cigarrillo seguía encendido. En vez de pisarlo lo miré por unos segundos esperando a que se consumiera, pero el paso acelerado de las personas que me rodeaban me hizo olvidar la empresa de seguir el humo con la mirada y proseguí la marcha. Otras colillas marcaban un trazo hasta la salida, algo que me pareció curioso, si tomamos en cuenta que el vicio, supuestamente, nunca nos conduce a nada bueno. En este caso no era así y al cruzar la calle encendí mi propio cigarrillo para disfrutarlo mientras se consumía.

Un hombre, que me pasa por delante, se devuelve tres pasos y me pregunta por una dirección, yo le respondo que no sé donde quedan esas coordenadas, sin embargo estoy segura que a unos minutos me encontraré con Max Brenner y eso, querido lector, es recaer.

Desde pequeña soy adicta al chocolate, lo detectaron mis padres a muy temprana edad y luego yo, cuando noté que ese manjarcacao duraba menos en mis manos que lo que dura un cigarrillo en mi boca. Desde entonces lucho con esa manía mía de caer en la tentación de comer cuanta tableta, bombones y bebidas, hechas con esa delicia, se me cruza en el camino.

El hombre desubicado me sigue. No es un hombre apuesto o difícil de ver, es simplemente un desconocido que, a medida que pasan los segundos, se convierte en alguien que ya no es tan extraño. En el trayecto hacia la recaída, él me habla de su gusto por la fotografía. Un tema nada ajeno a la escena de la que formamos parte, ya que una cámara cuelga de mi hombro. Es una Canon, a ella sí la conozco después de varios desenfoques, malos ángulos y alguno que otro acierto.

Cuando llego a la puerta del establecimiento de la Broadway mi acompañante detiene la marcha y luego sigue su rumbo “Que tengas buen provecho”, me dice. Yo entro. Una tienda, hermosamente decorada, antecede al restaurante. La vendedora me ofrece una gran variedad de chocolates que están exhibidos en vitrinas y estantes. Entre los nombres compuestos que me suelta en segundos, elijo unos chocolates con naranjas que le gustan a Flavia, una amiga muy querida a la que siempre le llevo lo mismo cada vez que visito New York. También compro unas jeringas llenas de chocolate líquido para mis hijos, entonces decido sentarme a beber un chocolate caliente antes de seguir mi trayecto hacia la exposición del artista Luis Cruz Azaceta.

He recaído con la calidez del primer sorbo, lo sé. Aún así, el placer que provoca el sabor que baña mis labios, no me hace olvidar mi objetivo de llegar, llegar, llegar a la galería de arte. Miro el reloj y me percato de que en ese momento el tiempo pasa lento.

La camarera me pregunta en dos ocasiones si todo está bien, si necesito algo más. Es como si no se percatara que cuando le entro a un chocolate mi boca está sumamente ocupada, al igual que mi cerebro. Es como si no se diera cuenta que a mi alrededor hay cuchumil clientes a los que también puede preguntarles lo mismo. Quizás lo hizo y todos la medioignoraron como yo. Eso nunca lo sabré.

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Termino mi chocolate y prosigo mi ruta con una bolsa llena de maravillas. Este día en particular hacía poco frío y las calles, aún iluminadas por la luz de la tarde, se antojaban atrevidas. Las hojas ocres creaban una senda que mis pies desordenaban sin pudor, de caminata a cansancio, de taxi a recuerdos.

El trayecto es extraño, calles llenas de vehículos que parecen comerse unos a otros, gente que cruza entre los carros tejiendo malabares y enterrando la cabeza en sus abrigos, un paisaje cambiante que desvela un universo de mariscos y mercancías expuestas a todo color.

Voy pensando y observando los entramados humanos en los que yo también me diluyo. Observo y pienso hasta que desaparezco de la escena y me remonto a los años noventa en Plaza Andalucía cuando un joven galerista colocaba una obra del artista dominicano José García Cordero en la vitrina de su establecimiento, en RD. Me vi entrando, preguntándole sobre la pieza y recibiendo la amable respuesta de Lyle, que desde ese momento pasó de ser un extraño a un amigo entrañable. Luego de tantos años recuerdo ese primer encuentro y me alegra la idea de volver a traspasar las puertas de un espacio hecho con sus manos, en el que se ofrece buen arte, ahora, en Nueva York.

Par de bocinazos me traen de vuelta al otoño de las calles newyorkinas, Los 12 dólares o 16, ó 21 que le pago al taxista han sido una buena inversión, confinada por la larga y entaponada travesía que hemos realizado por el barrio chino, cada vez más extenso. Antes de desmontarme, noto que hay un centavo en el fondo del taxi y por un momento pienso en tomarlo, mi madre me repite al oído “robar un chele es lo mismo que robar un millón”, entonces lo dejo ir ¡Adiós suerte!

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La vitrina de la galería exhibe un letrero que me da la impresión de haber estado allí en otras ocasiones. El dejavú me conduce a un salón blanco de piso gris por donde transito observando las obras de Cruz Azaceta. Nadando entre colores llego a La Habana, esa niña de agua y sabor Caribe, ese sufrir partidas y represiones que están allí tras 30 años de la primera exhibición del artista.

La 139 Eldridge Street se deforma, en esas obras que trasgreden mi forma de ver las formas y me hacen replantear lo que creía saber sobre ellas. Laberínticos canales, vías que, van de arriba abajo, del lado al drama, me conducen al hombre de la isla que retorna con un pedazo de ciudad incrustado en el ojo. Esta muestra del artista cubano-americano a través del lente de mi cámara, se me antoja como un chocolate.

Mientras filmo Daniela, la asistente, atiende a un cliente que observa las obras que cuelgan de las paredes, yo espero por ella. Lyle se encuentra en Santo Domingo. No es necesario verlo hoy, ya nos habíamos encontrado hacía unos días en la exposición colectiva Borinqueña que se llevó a cabo en el Clemente Soto Vélez Cultural & Educational Center, donde también conocí al maestro Cruz Azaceta. Allí nos tomamos varias fotos y conversamos un rato sobre su obra. Él, todo un caballero afable, sonreía cada vez que alguien se le acercaba para saludarlo.

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Ahora me encuentro entre hombres que nadan, vías, flechas y mucho color, Daniela se encuentra a mi lado despidiéndose del cliente que ha quedado maravillado con el trabajo del maestro cubano. “Déjame mostrarte el basement, ahí está la oficina”, me dice la joven que ahora responde una llamada en su celular. Mientras conversa sobre unos enmarcados me indica la senda que lleva a la oficina. Bajamos por una escaleratunel que nos conecta con un salón menos iluminado. Desde el último escalón contemplo una obra de Chichi García Cordero, como aquella primera vez que nos encontramos en Santo Domingo, a través de su arte. Las obras de Sherezade García también son parte de los colores y formas que crean una atmósfera acogedora bajo tierra.

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Las tuberías del lugar llaman mi atención y las sigo con la mirada, son ramificaciones de las vías propuestas por Cruz Azaceta que han penetrado el suelo y se han incrustado aquí abajo. Las persigo con la vista, así como las obras de arte, y algunos detalles de se espacio. Camino hacia la escalera, ahora, convertida en un foco de luz. La iluminada galería nos recibe de nuevo y Daniela me acompaña a la esquina, donde me espera el Uber que me llevará a una lectura de la escritora peruana Claudia Salazar Jiménez.

McNally Jackson no queda lejos y llego a tiempo para husmear unos minutos entre los libros del primer piso. En eso, alguien me topa por el hombro y para mi sorpresa es el desconocido al que había conocido horas antes. El hombre perdido llegó a esta librería antes que yo. “Qué sorpresa, nos volvemos a encontrar”, me dice con ojos de asombro y yo le respondo con el mismo asombro “Caramba, aquí era que venía usted”.

La lectura de Blood of the Dawn, de Claudia se llevará a cabo en el basemat de la librería, así que me toca bajar de nuevo. Nueva York se vive con intensidad arriba y abajo. El desconocido conocido me deja pasar primero y luego me sigue, se sienta varias sillas separadas de la mía. Claudia Salazar y Harold Augenbraum inician su diálogo sobre el libo que ha sido traducido al inglés y que hoy vemos nacer.

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El hombre, que me ha seguido hasta abajo, que se ha sentado a varias sillas de distancia, espera el turno de las preguntas y mientas se acomodan todos para iniciar este diálogo dentro del diálogo que ya está en curso, él me pasa un papel que ha estado escribiendo durante la presentación o eso pensaba yo. En verdad, este hombre ha hecho un retrato mío en sepia y me lo ha entregado firmado antes de desaparecer.

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.”

JC