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¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?

F. G. Lorca

Era un día cualquiera, cualquier hora también era en Nueva York. El día lluvioso y cuando llueve las aguas de Nueva York lo dibujan en el pavimento. Los charcos reflejaban siluetas en colores que se movían con el viento y yo los fotografiaba para recordar esas lluvias que sabía que se evaporarían tan pronto dejara de mirarlas. Justo frente a la biblioteca me detuve para fotografiar a una mujer con paraguas rojo que se acuarelaba al borde de mis pies.

Ese día en particular caminaba sin rumbo, aunque quería llegar al MOMA. El rumbo de ese día empezaría a las cuatro de la tarde, hora en la que me proponía llegar a mi cita con el arte. Mientras tanto, observaba a los vendedores ambulantes, a los abrigos llenos de personas y sobre todo, los zapatos cerrados que producían música a mi alrededor.

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No sé cuantas cuadras caminé antes de divisar la la St. Patrick’s Cathedral y como era de esperarse, ya que lo menciono, pues entré por la puerta lateral. Dentro de la hermosa iglesia, lo de siempre: gente prendiendo velitas, pidiendo milagros o agradeciendo milagros. Santos, altar y cruz. Yo sin rumbo, aunque quería llegar al MOMA.

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La iglesia requiere hoy que alguien vea dentro de los bolsos, una especie de confesión sin tener que articular palabra, legado del terror y de los nuevos tiempos que mi abuela no tuvo que padecer pero, que con los guantes que llevo puestos, se hacen tediosos.

Junto a mí, un silencio entre murmullos atravesó el pasillo central, como lo había hecho en  6 ocasiones anteriores, pero esta vez algo sería diferente. Como no tenía rumbo, en vez de devolverme, luego de llegar al altar, giré a la derecha hasta encontrarme con la Virgen de Guadalupe. Ella, rodeada de personas que se arrodillaban, que inclinaban sus cabezas o ambas cosas a la vez,  me recordaba a México, no a República Dominicana, a Miami o a Cuba. Pero estaba allí y yo también, a pesar de no ser seguidora de ese tipo de devociones. Me senté en un banco frente a la estatua, que como todas las estatuas no hablaba ni se movía. Las velitas, que iban aumentando en número, sí movían su fuego bajo sus pies y yo, como un fueguito, moví mis labios “Oye una cosa, no es que crea mucho en esto, pero si por casualidad tienes de verdad contactos en las altas esferas, dile al mandamás que esto ta bien jodío, que suelte un chin la soga, y se acuerde que la idea es llegar vivos a la muerte. Just saying. Y sí, es una queja, pero no te quilles, mana. Échame una ayudadita con el mensaje”.

  Esas fueron mis únicas palabras en voz bien baja, antes de hacer un minuto de silencio, para que no dijeran luego que uno reza y se va. Caminé, aún sin rumbo, hacia la parte de atrás de la iglesia. La curiosidad me guió a un lugar donde un cura bien parecido hablaba con la gente. Yo tenía como 8 años que no me confesaba, no porque me de vergüenza decir mis cosas, pues la verdad no he matado a nadie, más que a mí misma en algunas ocasiones, sino porque en realidad ya no me involucro en esos menesteres religiosos. En mi vida actual vamos Dios y yo, sin necesidad de mucho más. Pero ya que estaba ahí y el cura era bastante bien parecido, ¡amén! decidí que hablar con él.

Cada vez que hablo con curas desconocidos me llega a la mente el sacerdote del colegio al que asistí, que me llegó a confesar fumándose un cigarrillo y siendo más malo que el gasmorao, pero que se enteró hasta del primer besito y manoceadita que me di ¡Las vainas que pasamos los católicos, cuando éramos católicos!

Esta vez, sin embargo, lo mío era chismear con el cura, no estar contando intimidades que no eran de su incumbencia y que en verdad, poniéndome en su lugar, me imagino que no le interesarían demasiado, ya que debía estar jarto de que to el vivo le contara las vainas malas que hacía. La conversación se produjo en inglés, algo que me ayudó bastante a despersonificar lo que le contaría, porque cuando yo peco, peco en español y en malas palabras, así que le llegaría filtrado el chismecito.

Esta vez el cura no olía a nicotina, sino que tenía un tufo leve. No sé si porque acababa de oficiar una misa o porque se olió que lo que le venía desde Miami o de las mismas entrañas de NY, no era un cachú. Eso también me ayudó a contarle par de cosas extra, porque sabía que medio ajumao el tipo no vería tan mal las cosas. Allí estábamos los tres, él, su jumo y yo. Dios de seguro tomó receso ante la escena.

El chisme duró aproximadamente tres minutos, lo necesario para que entendiera que esto estaba de madre y paquedecirqueno, si hasta el mismo cura lo confirmó con sus dos pesetas negras que no se atrevieron a pestañar. Lo memorable de la conversación, además de esos ojos tan lindos y familiares,  fue que no me mandó a rezar ningún Padre nuestro o Ave María, posiblemente porque todo estaba tan jodido que ni las oraciones surtirían efecto o porque en realidad me había escuchado. Lo cierto es que él habló mucho más de tres minutos y cada una de sus palabras fue hermosa, como él.

Salí de la catedral sin guantes y con una perspectiva nueva sobre ciertos eventos memorables y sobre el caos. Caminé rumbo al MOMA y antes de entrar me fumé un cigarrillo. No es que fume, pero fumo.

A mi alrededor Basquiat, Picasso y Matisse, tres grandes milagros.

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