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 Los primeros que salen comprenden con sus huesos 

que no habrá paraísos ni amores deshojados.

F.G. Lorca.

En Jersey City hay una farmacia con dos letreros, uno anuncia las medicinas que se pueden encontrar en el establecimiento, así como vitaminas, artículos de cirugía, tarjetas para toda ocasión y los descuentos para personas mayores. Por otro lado, en el mismo cristal, un letrero de licorería prende y apaga sus luces de vinos y cervezas, que de seguro ayudarán cuando las medicinas no surtan efecto. Dopado o ajumado, la idea es sentirse mejor.

Desde que la Aurora asomó ese martes, me tomé una foto en esa farmacia e hice un recorrido por algunos de los murales de la ciudad. Luego tomé el tren hacia Manhattan, en Journal Square. Lo mejor que tiene esta estación es que en la entrada hay otra farmacia, cuya puerta es orgásmica por el calorcito que se escapa de ella cuando alguien pasa cerca. Cada vez que paso por el frente de ese establecimiento, allanto disque que busco mi Metro Card y me paro para coger ese gustito, aunque luego deba correr para que no se me vaya el tren.

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Ese día me tocó hacer el recorrido hacia Manhattan parada entre gente que hacía equilibrio como cualquier borracho,mientras uno de los que iban sentados amenizaba el trayecto con Gilberto Santa Rosa, que se escapaba desde sus audífonos “Qué alguien me diga”.

Al llegar a mi destino salí hacia el día nublado que brilló ferozmente en mis ojos. Me tomó unos segundos enfocar la calle en lo que caminaba hacia el este en busca de Manny, con quién había quedado para almorzar. El pequeño detalle que se me escapó es que debí caminar hacia el oeste. A medio camino de devuelta, las cómodas botas que usaba pasaron a ser dos ladrillos que sujetaban mis piernas, mientras buscaba la dirección correcta.

-Voy a tomar un Uber, Manny, le confesé jadeando por el celular.

-No, estas cerca. Ya estas ubicada, sigue y cuando llegues abajo me llamas.

Yo no sé si los newyorkinos entienden lo que es cansancio para un miamense, pero caminar más de cinco cuadras, la jode. Haciendo caso omiso de la sugerencia, tomé un taxi y llegué a su encuentro diez cuadras después. Lo llamo y le digo que estoy en la 40th St. con la sexta avenida. El viene por la séptima y me divisa, entonces caigo en cuenta de que nunca nos habíamos visto con ropa de otoño. Nos reímos y empezamos a caminar en busca de un restaurante. Las gotas de lluvia inician su ritual de encacatarme el pelo (déjame no tocar esa tecla) y entonces entramos en una de las tiendas de la zona en la que venden souvenirs para turistas. Allí compramos un paraguas transparente que encontramos entre pijamas de taxis amarillos y t-shirts de I Love NY.

Luego de caminar varias cuadras dimos con un lugar donde no había que hacer reservaciones y pedimos el mismo plato-hierba-dieta. Mientas conversábamos de los cambios que ha supuesto, para él, vivir en Nueva York en estos dos años, yo voy recordando nuestros encuentros en el Versailles llenos de cortaditos y poesía. Las ciudades no cambian afectos.

La camarera es muy atenta y cuando nos vamos se despide con una sonrisa. La lluvia arrecia, pero Manny está cerca de su trabajo, así que caminamos hacia allá y antes de despedirnos conversamos sobre la lectura en Word Up, en la que él fungirá como presentador.

-Mándenme los textos con tiempo para poder leerlos y dile a Joaquín que haga lo mismo.

-Ok, te mando los míos junto a la biografía de ambos.

-Nos vemos el sábado, amiga.

De vuelta a la 34 st. hice una parada en Victoria’s Secret que parecía un árbol de navidad hecho de encajes verdes y rojos cuidado por ángeles vestidos de negro que ayudaban a uno a encontrar size, copa, espalda… Pero “lo que yo quiero son pijamas de franela”

Había prometido no comprar nada en este viaje, pero el frío de la noche anterior me hizo entender que necesitaría algo más que las pijamas 305 que llevé a casa de Jennie.

-Aquí las tienes, puedes elegir entre estas navideñas y estas otras. Estas segura que no quieres esta transparente?

Mis diez libras de más le cortan los ojos a Aurora y veinte minutos más tarde, salgo a la calle con funda rosada en mano y dos poco sexys t-shirts y pantalones largos, remedio perfecto para heladas noches otoñales. Noté que el celular casi no tenía carga pero, también, que en la entrada de la estación de tren un banco patrocinaba unos cargadores. Me acerqué a esperar que dos hombres terminaran de cargar sus aparatos telefónicos y halé una silla justo al lado. Los hombres conversaban amenamente como si yo no existiera.

-Yo me fui anoche de su casa. Ella insistía en que me lo había robado, y yo se lo negué.

-Siempre es lo mismo con las mujeres.

La palabra robo siempre me ha dado raquiña, sobre todo cuando la pronuncia un desconocido atribuyéndosela a su persona, mientras está parado al lado de mi cartera. Así que, a pesar de que dos policías caminando cerca, me sentí insegura y tentada a alejarme de los sujetos que, sin ningún pudor, se hacían confesiones comprometedoras a riesgo de convertirme en su cómplice por callar lo que ahora sabía. Por suerte no pasaron ni 5 minutos y uno de ellos dejó libre el cargador. Desde ahí le textié a Fracis Mateo y a Carlos Aguasaco para coordinar las entrevistas que les haría esa semana. Tuve suerte y logré pautar hora y lugar, mientras apretaba mi bolso con fuerza.

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A esas alturas los pies me dolían y empezaba de nuevo a llover. Decidí volver a Jersey City, así que tomé el Path en esa misma esquina. Al llegar a mi destino Jennie y Andrea me esperaban para regalarme uno de los atardeceres más bellos de mi viaje.

Cruzamos varias calles montadas en el carro hasta llegar al Liberty State Park, un hermoso lugar construido sobre un parque industrial que funcionó entre los siglos XIX y XX. Este lugar fue muy prospero hasta los años 20’s, cuando llegó a convertirse en un vertedero. Ya a mediados de los 70’s se construyó el parque que ese día me brindaba una de las más hermosas vistas de Manhattan y al octogenario vecino de Jennie trotando como si tuviera 15, mientras el sol coloreaba su trayecto y el de los barcos que cruzan el río Hudson.

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A esta hora los edificios empiezan a prender sus luces, creando un maravilloso espectáculo entre los amarillos que emanan de las ventanas y el que se refleja en los cristales de ese lugar donde no hay mañana ni esperanza posible.

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