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 “el testigo que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin, alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio”.

J. Cortázar

Al principio la muchacha de Word no se percató que yo había tomado un volante de los que anunciaban las actividades que se llevarían a cabo en esa librería de Jersey City. Los objetos colocados en el mostrador ocultaban mis manos y ella, tan amable, me mostraba los papeles con tal devoción, que no me atreví a hacerle un desplante. Sin que se diera cuenta, estrujé el papel que descansaba en mi mano izquierda hasta volverlo una bola que desapareció, como por arte de magia, en el bolsillo de mi abrigo. Creo, por su mirada, que el sonido me delató.

Ese lunes de Halloween, las calles se encontraban atestadas de niños disfrazados que pedían dulces en las carpas colocadas en toda la Newark Avenue. La paja que se escapaba de las pacas volaba entre mis pies, mientras un diablito, con tridente y padre entretenido, me chocó varias veces, por descuido o por mal dad. Era el último día para disfrutar del colorido que brindaban los disfraces funestos aquí en el norte y aún así, no me interesaba participar de ninguna celebración, solo observar cómo se teñía de sangre, vampiros, arañas y brujas todo mi entorno. Pero al conversar con Josefina Báez cambiaron los planes de ese día y Jennie y yo partimos hacia Manhattan junto a su hija Andrea, a quién recogimos en la escuela.

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Casi llegando al recinto educativo, veo a la madre del hombre araña amarrarle los cordones, a un policía enano y a una princesa despeinada, todo sin pagar un centavo. Mientras observaba las calabazas de las galerías alejarse como fuegos, el carro en movimiento nos transportó fuera de NJ. Fuimos a comer cerca del High Line Park, como nos había recomendado Josefina, con el plan de visitar luego el bello parque, que siempre me recordará a ella luego de este viaje.

El parqueo en esa zona de la ciudad es un infierno y los escasos espacios están ocupados o destinados al personal de una escuela cercana. A uno le dan ganas momentáneas de meterse a profesor,  hasta que pasa por el frente de la institución, ese oscuro pasaje por donde se ve salir a las fieras y donde una de ellas, llamada también muchacho malcriao, le hace una rabieta al padre. Ahí reaparece la motivación de seguir buscando parqueo como cualquier vil mortal.

A los 20 minutos de andar dando vueltas en O encontramos un espacio y Jennie me dice “Ve a ver si tapo esa pompa de agua”. Yo salgo para dirigir la operación y veo que el carro, ni tapa, ni no tapa. En medio de mi deliberación, un joven que camina por la otra acera nos vocea “mira, no lo deje ahí que te ponen un ticket”. Reconozco la isla en esa ese sin pronunciar y decido que es mejor seguir su consejo, porque si dominicano es, de nueva York sabe.

Movemos el carro una cuadra y justo en frente de Artichoke, ¡Bingo! Parqueo perfecto. Pero la  sorpresa del lugar no fue el grandioso parqueo encontrado, ni la excelente pizza de doble queso, ni las frías Blue Moons que nos alegraron la tarde, tampoco el calorcito que pudimos disfrutar allí dentro ese día tan frío; no, la maravillosa sorpresa fue descubrir que nuestro camarero era el mismo joven dominicano que nos había advertido sobre el ticket.

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El servicio del lugar fue excelente, no sé si porque normalmente es así o porque me hice pana de este joven que realizaba su trabajo con tanto esmero. La pizza era tan grande que, por más que quisimos comer, tuvimos que llevarnos dos pedazos. Al salir a la calle de nuevo, dejamos la caja en el carro y nos dirigimos hacia el High Line Park. Pasamos entonces por varios establecimientos comerciales, entre ellos uno en el que vendían jabones hechos a manos y hermosos atrapasueños tejidos con hilos blancos. Por varios minutos me quedé observando la coquetería de sus cintas al volar cada vez que alguien abría la puerta de la tienda y los reflejos de luces que trepaban por sus hilos tratando de atraparme. Pero mantuve mi promesa de no comprar nada que no fuera necesario.

Siguiendo mi norte, llegamos al elevador que nos trasportó al bello parque, donde una estatua de un hombre en ropa interior nos dio la bienvenida, sin importarle las bajas temperaturas que todos experimentábamos en aquel instante.

Los rieles y pisos de madera se fueron convirtiendo poco a poco en jardines elevados que jugaban a esconder el crecimiento de la ciudad. Hermosas flores nos saludaban de lado y lado, mientras que un grupo de personas sentadas en el piso las dibujaban en sus canvas en miniatura. A unos cinco minutos del taller de pintura, una pareja se besaba en su habitación, sin importarle ser parte de una película porno y muda. Aunque tenía todas las ganas de ver en qué terminaba aquella escena, el pudor me ganó y me concentré en los otros edificios que también acorralaban el parque entre rieles.

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Mientras caminábamos, las escenas hogareñas se superponían, que si cena en el comedor, que si hombre leyendo en el sillón o la mujer en ropa de hacer ejercicios echándole agua a una planta, en la cocina. Andrea jugaba a tomarnos fotos y Jennie a explicarme lo que sabía sobre ese lugar por donde pasó un último tren en 1980.

Por esos rieles circuló, desde los años 30, leche, carne y materias primas diversas que se iban repartiendo en los muelles de carga que poseían las y fábricas y los almacenes en sus niveles superiores, eliminando así el peligro de transportar esas mercancías a través de las calles de Manhattan. Convertido ahora en un instrumento post-industrial del ocio y la naturaleza las estructuras rescatadas acogen a quienes disfrutan de ese palco por donde se ve pasar a vivos y muertos.

Casi al final del camino Jennie nos dice “no podemos salir, han cerrado el acceso al último tramo del parque”, entonces no nos queda más remedio que ver, desde atrás de la verja, el río Hudson que, en todo su esplendor, nos regala una puesta de sol en llamas que va oscureciendo los edificios, mientras consume la tarde.

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GG/NY, 2016