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15-dias-en-ny

Como los amantes que deciden unir sus cuerpos sin enamorarse, así decidí tomar mi encuentro con esta ciudad. Abrirme a ella, dejando que penetraran en mí sus particularidades, sin esperar vivirla. Pero es imposible no enamorarse de este lugar donde la brisa te roza el rostro como unos pies contra otros debajo de unas sábanas tibias, a pesar de ser otoño.

Yo amo esta ciudad, por eso la cuento.

G.G.

Con café en las manos y el abrigo cubriendo mi cuerpo, a pesar de estar dentro de Dean & DeLuca, todo estaba servido para que el desayuno fuera cálido, pero no fue así. Las fresas, que antes habían estado en la nevera, parecían hielitos que entraban en mi boca.

Tras el cristal la ciudad rugía y los homeless y las mujeres bien vestidas contrastaban sobre el pavimento mojado. Al salir de allí, la brisa era tímida, yo, sin embargo, me movía deshinibidamente, como si conociera la zona. Aquello era solo una forma de guardar las apariencias, la verdad es que estaba desorientada bajo la llovizna que se posaba sobre mi abrigo, creando un diseño transparente que rodaba antes de que pudiera mojarme.

El sabor a las fresas  desapareció tras el primer sorbo del segundo café de la mañana y frente al resplandor de los zapatos dorados de una mujer sin rostro que caminaba hacia mi. El brillo que emanaba de aquel calzado quemaba mis pupilas como si el mismísimo sol hubiera bajado a la tierra. Seguí a esa mujer por una cuadra hasta fotografiarla, ella junto a un edificio, ella frente a una vitrina, tap, tap, tap. Ella esperando para cruzar la calle, tap. La dejé ir en paz y seguí mi camino.

Esa tarde pensaba ir al museo, pero sentí que esa cuadra en Manhattan bien pudiera ser uno, tomando en cuenta las caras diversas que iba contemplando, los gestos y ademanes de los transeúntes, sus risas, sus cuerpos, y sus ropas.

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Decidí pasar el día vagando sin rumbo, pasando una y otra estación de tren antes de sumergirme en las entrañas de aquella tierra de sirenas y andamios de hierro. A mi paso, una bandada de palomas voló, dejando el pan que comían justo a mis pies, y es que el miedo nunca nos deja disfrutar de la mejor parte. Yo no quería aquel pan posado en los remanentes de comida, entre la que afloraba un hot dog a medias marcado con pintalabios ni rojo, ni rosa, ni lila.

Sin saber cómo volvería a casa de Jennie, poco a poco fui acostumbrándome a ser un cuerpo entre cuerpos, alguien no identificado que se escabullía en los mercados callejeros y la gente apresurada. Lo único que me diferenciaba era mi fluir lento como el de un barco que ha perdido el rumbo. Si José Kozer me viera caminar por estos lados de seguro se reiría al recordar aquel poema mío de barcos que detestó, quizás entendería a qué me refería aquella tarde cuando nos conocimos. Hoy más que nunca cobraba sentido eso que había escrito, aunque ya no recordara bien el poema y la poesía misma me hiciera descubrirla en el silencio entre palabras que iban y venían a mi alrededor.

Busqué la servilleta que había tomado cuando compré mi tercer café y escribí el poema sobre Nueva York que leería el próximo sábado en Word Up. Mientras escribía, sentada en un banco de un lugar que ahora no preciso, alguien me topa el hombro y salto como si un resorte me empujara hacia el cielo. Era un amigo dominicano que tenía como 30 años que no veía. Bueno, seamos honestos, era más que un conocido, se trataba de un enamoradito mío que ahora francamente era un total desconocido.

Igual que en otras ocasiones, los desconocidos sienten la fascinación por contarme sus penas como si me vieran cara de psiquiatra y a los 15 minutos del ¡hola, cuanto tiempo!, ya me había enterado del divorcio de este ser que ahora era calvo y que se había enamorado de una artista anoréxica.

-Si aún estas enamorado puede ser que funcione de nuevo, le dije sabiendo que era lo que quería escuchar y observando que mencionaba a la exposa cada 15 segundos.

¿Quién me iba a decir a mí que mis facultades de consejería se trasladarían a la Gran Manzana, que un domingo de vacaciones me encontraría con este muchacho con el que me besé, bueno y que me di par de estrujones, para escuchar sus confesiones sentimentales? La verdad es que las cosas que pasan en NY no están escritas, ¿o sí?

Cuando nos despedimos vi desaparecer, como por arte de magia, a aquel muchacho de frondosa cabellera y t-shirt de Benetton. En verdad habría preferido quedarme con el recuerdo de cuando nos besamos por primera vez, mientras yo me empinaba en mis zapatos dorados.

GG/NY2016