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15-dias-en-ny
Por Glenda Galán

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a New York!

F.G. Lorca

Respiro el aire frío de DC esta mañana que precede a varios shots de tequila y a un baile desenfrenado, producto de la celebración de las bodas de Katherine y Carlos. El café se adhiere a mi boca y su aroma a mi pelo despeinado. Entre mechones, se cuela la luz del amarillo sol incipiente de ese sábado. “Dale rápido al café, hermana. Vámonos que se te va el bus”, dice Carlos que ya está en pie para llevarme a la estación, a pesar de estar viviendo las primeras horas de su luna de miel. “La guagua, Carlos”, respondo riéndome por el bilingüismo utilizado por el nuevo esposo y porque en serio que soy una “matapasiones”.

Como siempre, me cogió la hora y tuve que correr desde que Carlos me dejó frente al enorme edificio. Allí pregunto por la puerta por la que salen los autobuses hacia NY y me indican que debo subir unas escaleras que dan paso hacia el enorme vehículo que no dice Greyhound, sino  Peter Pan. Era la primera vez que viajaba sola de un estado a otro, pero siempre hay una primera vez para todo. ¡Gracias Ezequiel!, amigo, pintor y desertor a último minuto de esta aventura en la que él me había embarcado antes de que tuviera que irse el día antes a la Gran Manzana y así dejar lista la instalación que presentaría en el Show de arte colectivo Borinqueya.

Pues tuve que tomar la bendita guagua sola y llegar a Port Authority con mi mochila y mi carryon a cuestas y sin la conversación interesante que había planeado en el trayecto. En fin, la estación se abría ante mí como una amante impudorosa, mostrando sus gentes apresuradas, sus sucias esquinas y hasta par de abrazos.

Antes de salir a conquistar el frío otoño bulloso de Manhattan una señora me pide que le cuide un bulto con unos trapos sucios tirados en la puerta de la estación, entonces aprovecho para llamar a Jennie, que se había comprometido a pasarme a buscar. Allanto así a la doña con que le cuido lo que podría ser una bomba- uno nunca sabe. La mujer vuelve a los dos minutos y me agradece el favor de cuidarle el paquete que no explotó y que en realidad no cuidé. Yo, que ya voy saliendo de allí, le muevo la cabeza y me enfrento a la calle. Los taxis pasan frente a mí, por el carril que solo ellos pueden ocupar, cruzo entonces hacia una tienda de Microsoft que vislumbro en la otra acera. A los 20 minutos, y con un frío de nevera en las manos, logro abrir la puerta del carro de mi amiga, que me saluda efusivamente y me entrega las llaves de su casa, como diciéndome “disfruta todo lo que puedas y llega cuando quieras a la casa”. Definitivamente eso haré durante las próximas dos semanas de trenes, risas y encuentros inclasificables.

Jennie me deja en la Feria del Libro Dominicano que se llevaba a cabo ese fin de semana y en la que, con cámara en mano, espero filmar la comparecencia de la poeta Rosa Silverio. Allí la conozco y hablamos durante unos minutos, antes de la presentación de sus libros Matar al padre y Mujer de lámpara encendida. Aparece entonces Kianny Antigua, que para mi sorpresa es quién la presentará. Nos tomamos varias fotos e inicia el conservatorio que poco a poco se va llenando de personas hasta abarrotar aquella áula de la escuela George Washington. Rosa se alegra de ver entre los asistentes a varios miembros de su familia, quienes le llevan flores y la escuchan leer.

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Rosa lee y cierro los ojos, Rosa recita un poema, su poema, y me conmueve hasta la raíz. Rosa es una de las  poetas dominicanas que más disfruto leer, y escuchar el ritmo de su vozpoesía me hace sentir privilegiada.

Unas horas más tarde Rosa participará en un encuentro de mujeres poetas, también Kianny. Esperamos una media hora antes de entrar a este otro evento, debido a una mala programación en los horarios. Cuando por fin logramos entrar al salón, que está desorganizado nos ponemos a ordenar las butacas en filas para que el público se ubique y empecemos la actividad. El trabajo en equipo da buenos resultados y podemos sentarnos a escuchar a estas talentosas mujeres, entre ellas Soledad Álvarez, Karina Rieke, Yrene Santos, Norma Feliz, Yvelisse Fanith, Osiris Mosquea y Ángela Hernández, con quien me topé en los pasillos en momentos en los que firmaba su libro.

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Ángela, que ha ganado el premio nacional de poesía de la isla, conversó un buen rato conmigo. El rojo de su libro llamaba tanto mi atención que compro un ejemplar para mí y otro para mi amigo Manny que me espera esa noche, y que sé disfrutará de este obsequio.

En lo que tomo imágenes para la revista con mi cámara, también me encuentro con Carla y su bella hija Marla en uno de los pasillos donde antes me había encontrado con Asdrubal de la editorial Sudáquia. Pareciera que todos mis conocidos habitaban en ese lado de la feria. Carla me presenta a la pequeña que lleva en un brazo mientras que, con el otro, pone a rodar un cochecito. La bella niña tiene sueño, pero aún así se porta muy bien, y le da tiempo a su madre para que me cuente que está terminando sus estudios, luego de dar a luz. Definitivamente hay mujeres imparables e incansables, y si se cansan ¡uno ni se entera!

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Quedo con Carla de llamar a su esposo Francis, que es actor y escritor. Definitivamente no me voy de esta ciudad sin entrevistarlo.

Vuelvo encontrarme con Rosa Silverio y aprovechara despedirme.

-Nos vemos en tu lectura Glenda, gracias por venir.

-Gracias a ti Rosa por estos dos libros que has escrito.

Parto hacia la lectura, donde me espera mi amigo, el poeta cubano-americano Manuel Adrián López (Manny), que esa misma noche presentará un libro de poesía, junto a otros poetas de la ciudad.

Joanne Rodríguez, amiga de Facebook, a quién le acabo de poner cara 3d, me da una bola hasta la estación. Espero pocos minutos para abordar un tren que se vuelve bastante divertido con su ir y venir de  disfraces que se dirigen a diversos puntos de la noche para celebrar Halloween. Al salir de aquel Hoyo tomo un  taxi hasta Punto Space, donde Otoniel Guevara y Ely Rosa Zamora presentarían el proyecto editorial La Chifurnia con una colección la Diáspora Latina.

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Saludo a Manny, le entrego el libro de la poeta Ángela Hernández y como toda dominicana entablo conversación con desconocidos desde que me siento en una de las sillas de aquel lugar que nos tiñe de luces moradas y que alberga a gente que también conozco. La poeta Dinapiera Di Donato me presenta a algunas personas, y a solo minutos de empezar la lectura llega mi amigo Joaquín Badajoz, que también presentará su libro esa noche. Joaquín se asombra de verme y, como si no hubiera pasado el tiempo desde que dejó Miami, me saluda con un gran abrazo. La lectura comienza con la presentación de los cinco poetas latinoamericanos que, sentados espose de paredón, nos disparan, a nosotros, sus poemas. Todos excelentes poetas. ¡Que puntería la de Otoniel y la de Ely Rosa!

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Mis dos amigos cubanos se la lucen leyendo, pero también la salvadoreña Juana Ramos, la argentina Margarita Drago y el poeta colombiano Diego Rivelino.  Ely Rosa me ha pedido que tome algunas fotos con su celular, y como ando con mi cámara, le pido a un hombre desconocido que se sienta a mi lado que me sostenga el teléfono por unos segundos, mientras me acomodo (ya dije que soy dominicana?). Y como la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, con ese desconocido acabaría cenando esa noche, pero esa es otra historia. Alfonso -así se llama el exdesconocido- me hace el favor de tomar video en lo que me apoyo en un lugar cómodo. Al entregarme el teléfono de vuelta quedo crucificada frente a los poetas, que siguen leyendo, mientras capto sus palabras y sus movimientos.

Al concluir la presentación me dedico a cargar mi teléfono en uno de los tomacorrientes del edificio, allí converso con mis amigos, pero debemos salir del local que ya no puede extender más su acogida. Es entonces cuando decidimos caminar hacia otro lugar para terminar la noche entre vinos, cuentos y disfraces.

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GG/NY2016.