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Por GG

En los años ochenta, la calle 16 de Agosto era un apogeo de familias clase media que, en medio de San Carlos y de Ciudad Nueva, veía desfilar un sinnúmero de personajes que hacían de sus días comparsas variopintas y de sus historias, vivencias macondianas. Uno de esos personajes entrañables era José el panadero, repartiendo el trigo horneado en su triciclo y entonando su “Pan de agua, pan sobao, pan dulce y galletas”.

Desde que cumplí los seis años, Tata, que siempre estaba de mal genio, me mandaba de mala gana a recibir el pan con un dinerito en mano. Los viernes eran mis días favoritos porque, a parte del rico olor a horno que se asomaba por el canasto rojo de José, mi recién cobrado semanal me permitía comprar un pan de agua extra, solo para mí, y uno de esos panes dulces que me ensuciaba la boca de azúcar.

José y yo creamos un lazo de complicidad, así como también lo había hecho con Papo, el vendedor de palitos de coco, al punto de que, de vez en cuando, ambos me regalaban algunas de sus exquisiteces. En el caso de José, nos había unido un evento del que poco se hablaba en casa y que resultó ser la comidilla del barrio durante mucho tiempo.

Resulta que una tarde, cuando a penas contaba yo con tres años, Tata me bañaba como de costumbre, sin percatarse que había dejado la toalla en mi habitación. Al darse cuenta del olvido me sentó en la bañera junto a mis patitos amarillos y fue a buscarla. En esos segundos escuché cómo el “pan de agua, pan sobao, pan dulc…” se acercaba a nuestra casa y  se iba esfumando rápidamente. Varios pensamientos llegaron a mi mente “no comeremos pan con chocolate, ni derretido de queso, ni podre meter mi dedo en el pan para comerme la parte blandita, ni…”

Creo que esos segundos bastaron para que decidiera salir de la bañera y le cayera atrás al panadero, que se dirigía al pasaje número uno, una callejuela que como yo, era bastante pequeña, quizás la más corta de la ciudad extramuros.

Mis pies descalzos apenas sentían el fuego del pavimento, ya que por experiencias anteriores, buscaban las sombritas que proporcionaban los techos de algunas de las viviendas sobre la acera. Entre saltito y saltito, los vecinos contemplaban asombrados mi desnuda anatomía mojada que corría y repetía “José mi pan, mi pan”.

Señores, ¡lo que hace un pan de agua!

Al escucharme, el robusto vendedor de pan posó sus negros ojos sobre mi cute cuerpecito y luego de reír a carcajadas me entregó una funda de pan, que yo le pagué con una sonrisa. Los vecinos, que habían quedado mudos ante mi persecución, se fueron retirando lentamente, mientras yo recorría el camino de vuelta a casa con mi victoria en las manos.