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GG

Desde que pisé Miami no he vuelto a saborear el rico sabor de la Semana Santa con dulce, ni he podido volver a usar el bikini de bolitas que usaba en las playas caribeñas de donde proviene este cuerpecito ñoño, que ha sabido guardar en su santo templo de grasa y celulitis las 50 libras extras, que ganó honradamente trabajando cuchara a cuchara del Mc Donalds, al Versalles los viernes en la noche.

A pesar de encontrarme tan en salud, según los dominicanos que me piropean cuando paso cerca de uno de los 3 que viven en  Doral, siento un poco de remordimiento por haber perdido las curvas que llegaron conmigo 5 años atrás, a esta tierra de Spring Breaks y domingos de pascua llenos de  de huevitos de chocolates.

Aunque encuentro hermosas las fotografías de niños cargados por conejos blancos,  extraño mucho las playas dominicanas con su aroma a yaniqueque, “pecado frito” Y ron. Extraño también las mañanas en jarabacoa a trote de caballo y cafecito caliente o la paila de espagueti con pan compartida entre  familiares en ríos que llevan rezos en sus aguas.

Aquí en estas playas del norte, nadie se convierte en pez al tocar el agua el Viernes Santo, de hecho no existe Viernes Santo, solo Planning Teachers Day o día de vacaciones opcional, quitándole a esta sacrosanta fiesta de cruces y gente borracha, el mágico acento latino del cristianismo llevado “a como me dá la gana” que es practicado por muchos de mis compatriotas.

Extraño también en esta semana a doña Milagros brindándome una habichuela con dulce, las misas en “español dominicano”, las procesiones de los pueblos, los bellos paisajes de Samaná con coco y los puertoplateños amaneceres. En fin, que desde que llegué a la ciudad del Sol y del mar frio en abril, me encuentro perdida en esta época de tradiciones religiosas y paganas, en busca de un milagro que me devuelva a casa.