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Por Juan Dicent

Una mañana de ese diciembre llegó Chulo, una funda plástica con dos pantalones y un par de camisas. Dijo algo de pasar las navidades en Bonao, dijo algo sobre dejar un bulto en una guagua, dijo alguna otra mentira y se acostó en mi cama.

En la tarde escuché a Mamatita hablando con tía Cachita.
-Porque la culpa no la tiene él, la culpa la tienen tú y Pedro por permití que al muchacho le pusieran un apodo tan feo, porque si a alguien le dicen Chulo dede los 5 años, e natural que se duerma en un banco del parque en lugar de ir al colegio, e natural que se pase las tardes apotando en un billar, e natural que todas las mujeres quieran saber por qué le dicen Chulo, y e natural que algún novio, eposo, militar, lo ande bucando para dale un tiro, no, Pedrito no tiene la culpa…
Salí a la galería pensando que debo buscarme un apodo. A las mujeres les gustan los apodos. Claro, no cualquier apodo. Debe ser oscuro, ambiguo, con maldad: ¿Satanás?

En la noche durante la cena tocaron la puerta. Por ser el más chiquito de la casa tuve que ir a abrir. Regresé gagueando:
-Mamamatita,bububucan a ChuChulo, un guguardia…

Chulo se iba a parar, Mamatita le dijo que se quedara ahí mismo.
-Que pase, que pase.

El hombre era alto. No sé de rangos pero tenía muchas rayas en los hombros. Me siguió callado, yo sentía su respiración acelerarse.
-Buenas – y mirando a Chulo-: vamo pa fuera…
-Buenas – dijo Mamatita-. Yo soy la abuela de Pedrito, le agradecería que se sentara, si tiene hambre puede cená con nosotro, sea lo que sea a que uté vino, puede hacelo frente a nosotro.
-No, gracia doña, no tengo hambre – dijo y se sentó al lado de Mamatita, mirando a Chulo. Se quitó el quepis, lo puso en el regazo. Nadie hablaba, nadie comía, nadie quería perder un instante en masticar, en tragar.
-Doña, uté no me conoce ni sabe mi situación, su nieto y yo tenemo un asunto pendiente, yo salí de la capital con un pensamiento en la cabeza, ahora etoy aquí y no creo que sea posible, pero yo me prometí dale un tiro a su nieto, y sé muy bien que utede no se van a quedá sentao de brazo cruzao, y sería una degracia muy grande, y ahora etoy sentao aquí y no creo que sea posible…

El hombre se paró sin violencia, nos quedamos sentados; sacó la pistola, no respiramos; le sacó el cargador, cogió una bala y la arrojó con la mano izquierda, suavemente, hacia Chulo. La bala le dio en el pecho, rebotó en la mesa: era color cobre con la punta dorada.
-Un aviso.

Mamatita acompañó al hombre a la puerta. Chulo bebió agua, tomó la bala y leyendo la inscripción en la base circular dijo:
-Me dieron un tiro: SPC 38

Mamatita volvió caminando lentamente, se acercó a Chulo, le dio un cocotazo, luego lo besó en los cabellos. Chulo regresó a la capital después de año nuevo. Ese año nuevo empezamos a llamarlo Pedrito, y yo nunca conseguí mi apodo coñazo.

Juan Dicent